Desde que me he enganchado a The Walking Dead vivo con el temor constante de que el fin del mundo me pille en tacones. Mi fascinación por los tacones afilados siempre ha sido bastante notable y para percatarse de ello basta con echar un vistazo al nombre de este blog. En muchos eventos para bloggers he revivido una y otra vez esta pequeña conversación:
- Miembro de la organización con la lista de invitados en la mano: Perdona, ¿cuál era tu nombre?
- Yo: Carmen, del blog La Bruja con tacón de aguja.
- Miembro de la orgblablabla: Veo que vienes haciendo honor al nombre, ¡menudos tacones!
- Yo: Yaa… (sonrisa educada + cara de circunstancias)
Pero ahora, tres temporadas de The Walking Dead después, las dudas me asaltan cuando llega el momento de calzarme para salir de casa. No puedo evitar pensar cosas cómo ¿y si llega el fin del mundo y me pilla así vestida y subida a unos tacones de diez centímetros? ¿Y si la humanidad entra en pánico y empieza a saquear supermercados porque una tormenta solar nos deja sin electricidad y los tacones me ralentizan tanto que cuando yo llegue ya no haya ni una triste lata de lentejas precocinadas que saquear? O peor aún, ¿y si tengo que huir de una horda de zombies hambrientos dando saltitos ridículos y con un bolso enorme colgado del codo a lo Victoria Beckham?
Estas y otras dudas han sido las culpables de que cada vez me haya vuelto más desconfiada hacia los que han sido mi bolso y mis botines favoritos durante todo el invierno (los de la foto de arriba, de Zara), y han hecho que me obsesione sin darme cuenta con botas y mochilas y empiece a atesorarlas en el armario. Una sabe que está obsesionada con las mochilas si después de comprar dos en menos de una semana, como es mi caso, sigue girando la cabeza de forma brusca al pasar junto a un escaparate solo porque ha visto de refilón otra en la que parece que caben más cosas.





































