El mito del éxodo rural de los nómadas digitales

Lo de ser un nómada digital ya era tendencia mucho antes de que llegara el coronavirus, aunque no cabe duda de que la situación por la que hemos pasado ha exaltado aún más si cabe las ventajas de este tipo de profesionales que pueden desempeñar su trabajo desde cualquier rincón del mundo sin necesidad de nada más que un ordenador y conexión a internet.

Y no es por presumir, pero creo que yo fui, allá por el 2008, una de las pioneras en ejercer como tal incluso antes de que se acuñase el término. Por aquel entonces me acababa de contactar una de las primeras empresas que abrió una red de blogs profesionales en España para que escribiese noticias en su bitácora dedicada al cotilleo y la prensa rosa (¡sí, me estrené como blogger escribiendo sobre prensa rosa!). En aquel momento no veía del todo claro que pudiera llegar a ganarme la vida escribiendo, así que decidí compaginar ese recién estrenado trabajo con el que venía ejerciendo antes de eso —que no era otro que el de ilusionista—, hasta ver si de verdad podía uno sacar un sueldo en condiciones de los blogs.

Me pasé varios meses haciendo una gira de actuaciones con un espectáculo de magia, al mismo tiempo que aprovechaba los ratos muertos en el camerino de turno para redactar posts sobre celebridades del momento en un diminuto notebook que me había comprado expresamente para la ocasión, al cual tenía que conectarle un arcaico módem portátil USB —porque por entonces ni siquiera tenía un teléfono móvil con acceso a internet—.

La libertad que da poder trabajar prácticamente desde donde sea es adictiva: eso es algo de lo que muchos que ni siquiera se lo habían plantado como opción han descubierto gracias a la pandemia y al teletrabajo que esta ha forzado. De repente, perder una hora de ida y otra de vuelta para llegar a la oficina para hacer algo que podríamos hacer perfectamente desde el sofá de casa pierde todo el sentido, si es que alguna vez lo tuvo.

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Sin la excusa de tener que vivir cerca de la oficina las grandes ciudades han perdido parte de su atractivo. De nada sirve tener en el barrio todas las opciones de ocio posibles si luego hay un confinamiento que obliga a cerrar todo durante semanas. Empiezan a ganar protagonismo ciudades un poco más pequeñas pero con más opciones de actividades al aire libre y en contacto con la naturaleza. Vender piso en Valencia o en otras ciudades costeras similares en estos momentos es probablemente una tarea de lo más sencilla. No he hecho una búsqueda de los áticos en venta en Valencia ahora mismo, pero si la situación inmobiliaria en España es ligeramente similar a la que tenemos ahora mismo en el suroeste de Inglaterra me imagino que debe de haber muchísimo movimiento de compra-venta. No hay día que no me encuentre en el buzón con alguna carta de alguna inmobiliaria que quiere saber si estoy interesada en vender el piso en el que vivo. Hay tanta demanda de pisos y casas por aquí, que las ventas se hacen por FaceTime, sin ni siquiera estar presentes los compradores.

Mucha gente parece haberse dado cuenta de repente de que la vida es lo que sucede durante las cincuenta semanas restantes entre unas vacaciones y otras. Nuestros padres soñaban con terminar de pagar el coche y la hipoteca para poder meterse en un apartamentito en la playa, pero a mi generación lo de la segunda residencia se nos quedó muy lejos por culpa de los contratos precarios y los sueldos mileuristas. Así que si tenemos que conformarnos —y soy consciente de lo privilegiado de este conformismo— con una única hipoteca, la queremos en un sitio donde nuestra calidad de vida sea algo lo más parecido posible a estar de vacaciones.

Y el trabajo en remoto nos da la oportunidad perfecta para liarnos la manta a la cabeza y mudarnos a lugares que en otras circunstancias ni siquiera nos hubiésemos planteado. Quizá no hasta el extremo de comprarnos una de esas casas de ganga de la España vaciada, porque para la mayoría de los trabajos a los que nos dedicamos los nómadas digitales necesitamos una conexión a internet decente que desafortunadamente no siempre es fácil encontrar en los rincones rurales más idílicos.

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Así que no, no creo que esté habiendo o vaya a haber ningún éxodo rural protagonizado por hordas de trabajadores hartos de las grandes ciudades. Pero tampoco creo que todos los trabajadores estén deseando volver a la normalidad más absoluta del trabajo en la oficina, tal y como parece que quieren hacernos creer —al menos aquí en Reino Unido— algunos medios que basan sus afirmaciones en entrevistas a, qué casualidad, los propietarios de los edificios de oficinas que se han quedado desiertos durante estos dos últimos años.

En el justo medio está la virtud: muchas empresas, sobre todo medianas, empezarán a apostar por modelos de trabajo híbrido que darán más libertad a sus empleados para trabajar desde otras localizaciones, al mismo tiempo que ahorrarán un buen pellizco en costes de alquiler de instalaciones.

Y los empleados no por eso huirán a pueblos escondidos e inaccesibles. Algunos se quedarán en las grandes capitales mientras que otros preferirán instalarse en ciudades menos densas en las que ganar calidad de vida sin tener que renunciar a demasiados servicios e infraestructuras.

4 comentarios sobre “El mito del éxodo rural de los nómadas digitales

  1. Totalmente de acuerdo contigo, no es normal tener que gastarte unas cantidades indecentes de dinero y tiempo en desplazarte al puesto de trabajo cuando puedes llevarlo a cabo desde cualquier lugar (en los casos que sea posible, por supuesto). También, a parte del teletrabajo, debería fomentarse la clase online para aquellas personas que no puedan acudir asiduamente ya sea por problemas médicos, conciliación familiar, etc.

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  2. Sospecho que habrá resistencia al teletrabajo por parte de muchos, sobre todo de los interesados en seguir con el método ‘tradicional’ que les beneficia. También hay siempre jefes y jefecillos que quieren tener a sus empleados a la vista siempre, maniáticos del control. Seguramente los mismos jefes que quieren que la gente esté metiendo horas en las oficinas. Encuentro todo el sistema poco eficiente.
    Descubrir todo lo que se puede hacer a distancia está cambiando la perspectiva a mucha gente y espero que salgan cosas buenas de todo esto.
    Es verdad que mucha gente está buscando casa con jardín y que el centro de las ciudades ya no es tan apetecible. De todos modos la especulación sigue en pleno funcionamiento.
    besos

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    1. Claro, la especulación siempre va a estar ahí, lo único que cambia es el escenario. Y es verdad que hay determinados tipos de trabajo, sobre todo de cara al público, para los que seguirá siendo imprescindible ir al centro de trabajo. Lo ideal sería que para los demás se negociasen nuevas alternativas. Siempre habrá algunos trabajadores a los que no les guste tener que trabajar desde casa, quizá porque tienen hijos pequeños y no tienen la misma tranquilidad ahí que en la oficina. Pero en general, cuanta menos gente haya en las oficinas creo que es mejor para la empresa, por el ahorro en instalaciones que eso supone.

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