Cirugía estética y belleza natural

La belleza natural no existe

Hace unos días recibí entre el aluvión típico de notas de prensa orientadas al otoño que empiezan a llegar por estas fechas, una que hablaba sobre cómo aumentaban las intervenciones de cirugía estética en esta época del año y cuáles eran las más demandadas. Para satisfacer vuestra curiosidad os diré que en los primeros puestos siguen estando clásicos como el aumento de senos, la rinoplastia u operación de nariz, seguidos muy de cerca y en ascenso por tratamientos novedosos como los hilos tensores de ácido hialurónico.

El motivo más obvio de que haya un cierto parón para estos tratamientos durante los meses de verano es porque en la mayoría de postoperatorios hay que tener un cuidado especial con la exposición al sol, aunque siempre hay quien aprovecha las vacaciones para pasar por quirófano, y conseguir así que la gente del entorno o del trabajo no se entere. Y fue pensando en todo ese secretismo disfrazado de discreción del que hacen gala muchos de los que se someten a alguna cirugía, que no pude evitar sorprenderme de que aún hoy en día siga siendo un tema rodeado de tantos tabúes.

Por un lado, en ciertos sectores y un poco más sobre las mujeres que sobre los hombres, pesa la presión por lucir un físico perfecto, por mantener la apariencia de juventud durante el mayor tiempo posible. Y por otro lado el auge de las tendencias que hacen apología de la aceptación de la mal llamada belleza natural parece estigmatizar de forma indirecta a quienes no son capaces —o simplemente no quieren— aceptarse o conformarse con el físico que les ha tocado.

Para hablar un poco de esta falsa belleza natural con la que nos bombardean muchos medios desde hace algunos años no se me ocurre mejor forma gráfica de empezar mi reflexión que con esta divertida viñeta de Sarah’s Scribbles.

Sarahs Scribbles belleza natural

La belleza natural no existe. No quiero decir que no existan personas que, de forma natural, resulten bellas. Me refiero al concepto en sí y a todo el culto que hemos creado en torno a él. Pocas personas resultarían realmente agradables a los congéneres que les rodean si no se tomasen al menos ciertas molestias a la hora de cuidar su estética y su higiene personal. La mayor parte de las veces que un chico le dice a una chica que la prefiere sin maquillaje, lo que normalmente quiere decir es que la prefiere sin un maquillaje llamativo, o que prefiere que no se note que va demasiado maquillada. Si la chica en cuestión se presentara en su próxima cita con granitos y ojeras al descubierto, o con la cara brillante por el exceso de grasa, o con el bigote sin depilar, es más que probable que a su novio empezase a atragantársele tanta naturalidad.

Lo que entendemos por belleza natural no es la aceptación plena y sin reservas del cuerpo que nos ha tocado en suerte sin necesidad de hacerle ningún cambio, por mucho que a nosotros nos guste convencernos de lo contrario. Es simplemente un canon más, producto de la época que nos ha tocado vivir. Del mismo modo que en el Barroco el ideal femenino lo representaban las mujeres de curvas rotundas de Rubens. Es posible que, cuando en el futuro se estudie el ideal de belleza de principios del siglo XXI, a los interesados en el tema les haga mucha gracia el reto al que nos enfrentamos hoy en día las féminas para estar perfectas pero sin que parezca que nos importa demasiado. Sentimos la presión de tener que etiquetar con #nofilter y #nomakeup nuestras fotos de Instagram, pero antes de eso nos hacemos una sesión de microblading o nos ponemos extensiones de pestañas.

Así que, en lugar de ser una liberación, este gesto de abogar por la belleza natural se convierte simplemente en una imposición distinta. Porque las mujeres tenemos que seguir siendo bellas según dictan ciertos cánones, pero encima tenemos que hacerlo sin que se nos note el esfuerzo, como si nuestras mechas, nuestro cutis terso y de tono perfecto, y nuestro cuerpo desprovisto de vello en lugares indebidos fuera así por obra y gracia de la naturaleza. Effortlessly. I woke up like this, you know.

Hilos tensores

Puede que hoy en día y cada vez más, las tendencias nos lleven hacia rutinas de belleza más cómodas y llevaderas, menos exigentes. Pero las rutinas siguen estando ahí. Por mucho que repudiemos la artificialidad excesiva, la gran mayoría de nosotros no vamos a dejar de depilarnos, de afeitarnos en el caso de los hombres, de teñirnos el pelo, ni vamos a dejar de usar desodorante o perfume, por poner solo algunos ejemplos. No vamos a dejar de arreglarnos las uñas, sea lo que sea que eso signifique para cada uno: para unos será cortárselas y limárselas, y para otros será ponerse diseños de fantasía en gel. Porque nos gusta gustar. Y gustarnos.

Lo que pasa es que las personas en general tenemos la mala costumbre de sentirnos moralmente superiores a aquellos que hacen las cosas de forma diferente a la nuestra. Los que cuidan su alimentación y hacen ejercicio se creen mejores que los que disfrutan de vez en cuando de la comida basura y de hacer bing watching en Netflix, mientras que estos últimos se parten de risa solo de pensar en los primeros madrugando para ir al gimnasio o a correr antes de ir a la oficina. A las reinas del maquillaje de YouTube les parecerá poco menos que un sacrilegio lo de salir de casa con la cara lavada, mientras que las mujeres que no usan apenas nada más que hidratante o protector solar puede que no alcancen a entender cómo alguien puede disfrutar de pasar cada mañana una hora ante el espejo poniéndose capas y capas de mil cosméticos distintos.

En lo que respecta a la cirugía estética, este desprecio por parte de sus detractores hacia quienes se han sometido a alguna intervención es aún más acusado. Como si pasar por quirófano fuese la peor afrenta que pudiera hacérsele al amor propio. El fracaso más absoluto en esta era body positive que nos ha tocado vivir.

No entiendo por qué ir a la peluquería a hacernos un cambio radical de look, o hacernos un tatuaje o un piercing son costumbres ampliamente aceptadas, y sin embargo aún se sigue estigmatizando en cierta manera a quienes recurren a la cirugía o a la medicina estética, que al fin y al cabo no son más que dos herramientas más con las que trabajar nuestra imagen. Y sin embargo la solución es bastante sencilla: respeto. Es tan fácil como empezar a respetar a quienes toman decisiones diferentes a las nuestras.

Cirugía estética

Cada uno conoce bien sus propios límites. En mi caso por ejemplo se trata de la anestesia general: me ha tocado operarme tres veces con anestesia general por motivos de salud y lo he pasado regular, así que tengo muy claro que nunca me sometería por estética a ningún tratamiento que requiriese pasar por ello de nuevo. Pero con la anestesia local me llevo mejor, por eso hace unos años me sometí a una otoplastia con hilos para corregir uno de los pliegues de mi oreja izquierda —el antihélix, que no se me había formado debidamente—, y a un tratamiento de PRP. Y no descarto animarme en el futuro con los hilos tensores o con el bótox si llegado el momento me apetece y creo que me va a ayudar a verme mejor.

Pero entiendo que cada cual tenga su opinión y su postura en este asunto. Y como en este mundo hay sitio para todos, me parece perfecto que haya tanto quienes se aceptan por completo y son felices con el cuerpo que les ha tocado, como quienes echan mano del bisturí para conseguir que el espejo les devuelva la imagen que quieren. Eso sí, siempre con cabeza e informándose bien de todos los detalles de los procedimientos, y acudiendo a cirujanos titulados que nos garanticen una intervención segura y un resultado profesional.

El día que las muñecas Bratz se quitaron el maquillaje

Bratz sin maquillaje portada

A Barbie podemos echarle la culpa de muchas cosas, entre ellas de promover entre las niñas unos cánones de belleza ideal tan imposibles como absurdos. Pero debemos reconocerle, al menos a la mayoría de las Barbies que recuerdo de mi infancia, que elegancia no le faltaba. Sí, tenían una cintura antinatural y unas piernas desproporcionadamente largas, pero no les faltaba ese aura angelical propio de las princesas Disney, e incluso un cierto porte aristocrático. Pero las Bratz… Bueno, las Bratz son harina de otro costal.

La mayoría de las niñas fantasea con parecerse a sus muñecas y llevar la vida que en sus juegos imagina para ellas. Las muñecas preferidas de mi infancia fueron una Chabel colegiala y una Chabel exploradora. Con esta última pasé horas apasionantes haciendo excursiones imaginarias a través de la vasta vegetación de las alfombras de mi casa. Soñaba en secreto con el día en que los Reyes Magos me trajeran una caravana para que mi Chabel pudiera ser totalmente libre e independiente y recorrer el mundo, pero siendo cómo éramos tres hermanas en casa, el presupuesto familiar no daba para tantos caprichos y mi pobre exploradora tenía que conformarse con alguna caja de zapatos que hacía las veces de bungalow improvisado.

A lo que quiero llegar es a que si gracias a mi Chabel exploradora yo de mayor quería ser una intrépida arqueóloga, ¿qué mensaje le estamos dando a las niñas de hoy en día al dejarlas jugar con muñecas que parecen strippers trasnochadas? Porque eso es precisamente lo primero que me viene a la mente cuando veo a estas Bratz hipersexualizadas que lucen con osadía y descaro más toneladas de maquillaje que el más virtuoso de los transformistas.  Sigue leyendo “El día que las muñecas Bratz se quitaron el maquillaje”