DIY bandeja giratoria para cosméticos

DIY: bandeja giratoria para cosméticos

Si hay algún resquicio en el que aún me cuesta más de lo que debería lo de llevar el minimalismo a rajatabla es sin duda en el cuarto de baño. Entre lo mucho que me cuesta resistirme a comprar algún nuevo descubrimiento cosmético, y que algunas marcas me siguen mandando sus lanzamientos para que los pruebe y escriba sobre ellos, al final acabo acumulando en mis estanterías tal cantidad de productos que no siempre es tarea fácil mantenerlos ordenados.

Y aunque tengo la inmensa fortuna de contar con un cuarto de baño para mí sola, la verdad es que no tiene más almacenaje que una repisa y el típico mueblecito de dos puertas debajo del lavabo. Así que es importante aprovechar bien cada centímetro de esa repisa y para ello he recurrido a esta práctica idea que os muestro en mi último Cosmoclip. No necesitaréis más que un par de bandejas de hornear del tamaño que mejor os venga dependiendo de dónde vayáis a ponerlas, y algunas canicas. Sí, canicas de toda la vida. Yo las encontré muy baratas en Amazon, pero también podéis buscarlas en alguna tienda de juguetes de vuestro barrio o incluso en tiendas de decoración.

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Cómo doblar jerséis gruesos para que ocupen poco espacio

Cómo doblar los jerséis para que ocupen poco espacio

Ya os he contado en alguna que otra ocasión que el armario que tengo ahora es la mitad que el que tenía antes de mudarme a Inglaterra. Podría incluso decir que es más bien la tercera parte del que tenía, pero supongo que eso sería estirar demasiado el chicle y tampoco es cuestión de hacerme tanto la víctima. Esta transición hacia mi nuevo yo minimalista ha sido en parte gracias al hecho de que en este país en general y en este condado en particular la gente no presta demasiada atención a cómo van vestidos los demás. Lo de vive y deja vivir se lleva aquí en ese sentido hasta límites insospechados. Toda una bendición. Supongo que porque la preocupación por la indumentaria es inversamente proporcional a la distancia de la playa más cercana.

Pero aunque es verdad que mi fondo de armario se ha vuelto mucho más básico y atemporal desde que vivo por aquí, también es cierto que hay ciertas cosas a las que no estoy dispuesta a renunciar, y una de ellas es a los jerséis enormes y bien mulliditos, que tan de maravilla vienen cuando empiezan a bajar las temperaturas.

El problema es que justo los jerséis son de las prendas que más espacio nos roban en el armario, por no hablar de en la maleta, sobre todo cuando se viaja solo con equipaje de mano como suele ser mi caso. Así que toca investigar un poco hasta dar con la forma más eficiente de doblarlos. Yo he ido probando varias durante los años que llevo aquí, y al final me he quedado con esta que os muestro en mi último Cosmoclip porque me parece la más sencilla y al mismo tiempo la más práctica tanto para mantener los cajones ordenados como para maximizar el espacio en nuestra maleta. ¡Espero que os guste!Ver en Cosmo vídeo - cómo doblar jerséis gruesos

Tenis de mesa y té con pastas

Tenis de mesa y té con pastas

Enfrente del primer apartamento que alquilamos en Torquay teníamos una especie de centro cívico-cultural que albergaba diferentes actividades, tanto artísticas como deportivas. Un día, curioseando en uno de los tablones de anuncios, descubrimos que tres veces por semana se reunían allí para practicar los miembros de un club de tenis de mesa, y como eso era lo más parecido a un gimnasio que teníamos cerca de casa decidimos ir a probar un entrenamiento con vistas a apuntarnos al club en caso de que el sitio y la gente nos gustasen.

Nos compramos un par de raquetas y cruzamos la calle un viernes por la noche sin saber muy bien qué íbamos a encontrarnos en aquel extraño edificio con pinta de residencia universitaria. Aunque llevábamos tiempo sin jugar no nos intimidaba el nivel deportivo que pudiéramos encontrarnos. Mis padres eran muy aficionados a este deporte y teníamos mesa de ping pong en casa, así que puede decirse que tengo bastantes horas de rodaje aunque nunca haya participado en ninguna competición. Y Edu algunas de las veces que hemos jugado entre nosotros ha conseguido incluso ganarme. Prueba de que los dos nos defendemos de forma más o menos decente jugando a este deporte.

Nuestro propósito principal, al margen de hacer algo de ejercicio, era conocer gente de nuestra edad con la que poder trabar amistad —ya que como estábamos recién llegados a Inglaterra nuestra vida social era más bien escasa, por no decir inexistente—. Hago esta aclaración para que comprendáis mejor nuestra decepción al entrar en aquella pista de polideportivo y descubrir que la media de edad de los asistentes al entrenamiento rondaba los setenta años, tirando muy por lo bajo.

Club de tenis de mesa en UK

Imagino que el señor que nos dio la bienvenida achacó a la timidez nuestras caras de perplejidad y el hecho de que no supiéramos muy bien qué decir. Muy amablemente nos explicó que se reunían para jugar los lunes, miércoles y viernes, que el precio era de dos libras por sesión y se pagaba cada día —por lo que no había que comprometerse de ninguna manera ni pagar mensualidad—, y que por ser nuestra primera sesión estábamos invitados.

Señaló hacia una especie de barra en uno de los laterales de la pista formada por una hilera de tres mesas en la que no habíamos reparado al entrar en la sala, y nos dijo que podíamos comer y beber lo que quisiéramos. Sobre aquella barra provisional había un verdadero festín digno del más profesional de los cáterings: un hervidor de agua eléctrico, una caja con una selección infinita de tés e infusiones, latas con galletas de mantequilla, bandejitas con pastas de chocolate e incluso una fuente con algo de fruta.

Nuestro anfitrión nos contó que cada miembro del club traía algo de picar a las sesiones, y que lo compartían todo entre todos. Nos aclaró con una sonrisa que era totalmente voluntario hacer aportaciones a aquella merienda colectiva, pero que si al final nos animábamos a apuntarnos al club cualquier cosa que quisiéramos llevar sería más que bien recibida.

Declinamos la invitación al refrigerio con toda la amabilidad de la que fuimos capaces de hacer gala, pero no pudimos negarnos cuando nos sugirió ponernos manos a la obra y empuñar las raquetas, que al fin y al cabo era para lo que estábamos allí.

Robert, que así era como se llamaba nuestro anfitrión, se llevó a Edu a una mesa de ping pong contigua al mismo tiempo que le hacía un gesto con la mano para que se acercase a una anciana que estaba sentada junto al improvisado buffet de merienda.

La mujer tardó lo que a mí me pareció una eternidad en llegar a la mesa en la que yo ya estaba preparada para jugar. Usaba gafas y llevaba el pelo —completamente blanco y por debajo de los hombros— suelto, aunque se apartaba el flequillo de la frente con una cinta de tenista a juego con su chándal rosa fucsia, que le daba un aire muy divertido de abuela ochentera.

Me dijo que se llamaba Georgina, que tenía ochenta años y que había sido en su momento jugadora semi profesional, pero que había que tenido que dejar la competición por prescripción médica debido a sus problemas de corazón. Me pidió que la disculpara por no poder moverse demasiado: la culpa la tenía una lesión en la rodilla que había ido empeorando con los años.

No estaba yo muy segura de qué actitud tomar en aquel primer partido con ella. Por un lado me daba miedo que se lesionara aún más o que le diera un infarto en medio del pabellón si la obligaba a jugar con más energías de las que podía, pero por otro temía que notara mi condescendencia si jugaba de forma más suave y se sintiera ofendida por ello. Así que le sugerí que empezara sacando ella, de modo que así pudiera tantear yo el ritmo con el que ella estuviera más cómoda.

Me hubiera gustado que aquella pista de polideportivo tuviera cámaras de seguridad de algún tipo para inmortalizar la cara de idiota que se me debió de quedar cuando vi —o mejor dicho, cuando no vi— la pelota cruzando la mesa a toda velocidad y haciendo un punto impecable. Achaqué aquel primer punto a mi despiste, pero según fueron sucediéndose los tantos me quedé sin excusas que darme a mí misma.

Era cierto que Georgina apenas podía moverse, pero también era cierto que no lo necesitaba. Recuerdo que mientras sudaba la gota gorda rodeando desesperadamente la mesa de izquierda a derecha para intentar devolverle la pelota y marcar algún punto, la única analogía que se me ocurría era la de que a aquella anciana que me estaba dando la paliza de mi vida sin apenas despeinarse parecía que le hubieran transplantado el brazo derecho de algún campeón chino de ping pong. Los que hayáis visto jugar alguna vez a los chinos al ping pong sabréis perfectamente de lo que hablo.

Aproveché una de las muchas veces que me agaché a recoger la pelota para mirar de reojo a la mesa en la que Edu estaba recibiendo un vapuleo deportivo de la mano de Robert que nada tenía que envidiar al que me estaban dando a mí. Intercambiamos una mirada y nos costó aguantarnos la risa, aunque los dos conseguimos terminar nuestras respectivas partidas haciendo acopio de toda la resignación y deportividad de las que fuimos capaces.

Cuando hubieron terminado con nosotros propusieron jugar los cuatro juntos por parejas, y volvieron a darnos otra paliza con el agravante de que cada vez que nos marcaban un punto se deshacían en mil disculpas y sonrisas, como si estuvieran cometiendo alguna descortesía imperdonable.

Tenis de mesa en Reino Unido

Hicimos un descanso para darle un respiro a nuestra dignidad e hidratarnos un poco, y fue entonces cuando vimos que en una de las mesas al otro lado de la pista se estaba jugando lo que parecía un partido un poco más en serio, en el sentido de que había árbitros y los jugadores llevaban equipaciones profesionales. Les preguntamos a Robert y Georgina al respecto, y nos explicaron que era una jornada de un torneo que debería de estar celebrándose en otro lugar, pero que habían tenido un problema de última hora con las instalaciones en las que debía llevarse a cabo y por eso el club les había ofrecido que lo celebrasen allí.

El partido, que enfrentaba a un hombre y a una mujer más o menos de nuestra edad, fue emocionante y se saldó con la victoria de la participante femenina. Tras el último y disputadísimo punto, los competidores se saludaron dándose la mano e hicieron lo propio con los árbitros, y de repente apareció de la nada una tetera en las manos de uno de los espectadores, o eso me pareció a mí, y en tan solo unos segundos todos tenían tazas y se estaban pasando la tetera unos a otros como si aquello fuera la más sofisticada de las reuniones sociales en el jardín de alguna marquesa.

Me quedé pasmada, sobre todo porque no me cabía en la cabeza que lo primero que aquellos dos jugadores —aún empapados en sudor por el partido que acababan de disputar— quisieran meterse entre pecho y espalda fuera una taza ardiendo de Earl Grey, en lugar de medio litro de agua bien fría. Pero se ve que aquí están hechos de otra pasta.

Aquella noche aprendí dos cosas. La primera es que si hay algún sitio donde se cumple a pies juntillas eso de que la edad es solo un número, es sin duda aquí en Torquay. Buena prueba de ello es la amable lección con la que aquellos adorables jubilados nos pusieron a Edu y a mí en nuestro sitio.

Y la segunda es que a los ingleses les falta tiempo y les sobran excusas para tomar el té, sean cuales sean el sitio o las circunstancias.

Tenis de mesa y té con pastas

Cartas de mi vecina

Mi vecina Steph

Tengo la suerte de tener unos vecinos encantadores, entre ellos una señora maravillosa a la que ya considero mi amiga. Su pasaporte dice que tiene ochenta años, pero por su forma física y su vitalidad podría decirse que aparente veinte o veinticinco menos. No se quiso jubilar hasta el año pasado, y es tan autónoma e independiente que a día de hoy sigue conduciendo su propio coche para ir a todas partes.


Antes de la pandemia quedábamos todas las semanas para tomar el té o ir al cine, y aunque durante el confinamiento nos ha tocado guardar un poco las distancias, hemos seguido en contacto. La semana pasada volvimos a quedar después de todos estos meses y me llevó a merendar a un hotel precioso con vistas al mar que está a diez minutos de donde vivimos, pero que yo nunca había visto porque está un poco escondido. Uno de esos rincones que solo se descubren porque te los muestra un lugareño.

Como ella no tiene móvil nuestra forma de mantenernos en contacto y de ponernos de acuerdo para quedar es dejándonos notas y tarjetas en el buzón. Lo de escribir tarjetas para todo es una costumbre muy inglesa, y de hecho hay incluso tiendas que se dedican solo a eso, a vender tarjetas para todo tipo de ocasiones.


Cuando recibí la primera me pilló un poco desprevenida y tuve que ir a una papelería expresamente a comprarme un set de tarjetitas con sobres para poder contestarle. Ahora ya no me faltan nunca tarjetas de este tipo en casa. Se han convertido en mi WhatsApp particular con ella. ❤️

DIY mesita revistero con carpeteros

DIY: cómo hacer una mesita revistero con carpeteros de cartón

La semana pasada tuve que ir a Exeter para reunirme con mi contable y pasé por la puerta de una de mis tiendas favoritas, una papelería llamada Paperchase. Había cola para entrar, en parte por culpa del omnipresente coronavirus y en parte porque tenían un tentador 3×2 en la mayoría de los artículos. La cola estaba formada básicamente por estudiantes de todas las edades y algunos padres que acompañaban a los más pequeños. Y me dieron un poco de envidia, no por tener que hacer cola, sino por tener alguna excusa para comprar cuadernos, bolígrafos, rotuladores y demás maravillas que acompañan siempre al inicio del curso escolar. Quién fuera niña otra vez para emocionarse de nuevo con la vuelta al cole. Porque yo era de esas a las que no les importaba en absoluto que se terminaran las vacaciones, siempre estaba deseando volver a clase.

Pero lo bueno de ser adulta es que si no tengo excusas para hacer algo, me las puedo inventar. Así que en mi último Cosmoclip os muestro cómo me he fabricado una mesita auxiliar con revistero utilizando cuatro carpeteros de cartón. Y sí, como ya os imaginaréis, tuve que pasarme una tarde entera en la inmensa sección de papelería de The Range hasta que di con los carpeteros perfectos para la ocasión. Y puede que ya de paso comprase algunas cosillas más. 😉

Ver en Cosmo - vídeo DIY mesita revistero con carpeteros

Recogido veraniego para pelo corto

Recogido veraniego para pelo corto o media melena

Una de las pocas ventajas de las melenas XXL es que siempre se puede recurrir al típico moño despeinado o a la clásica coleta alta cuando las temperaturas suben, o cuando por ejemplo vamos a la playa o a la piscina.

Pero cuando tenemos el pelo por encima de los hombros toca echarle un poco de imaginación para mantenerlo todo bien recogido y que no nos moleste ni nos dé mucho calor mientras estamos tomando el sol.

En mi caso, aprovechando que justo me daba el largo para hacerme dos coletitas, he estado luciendo este peinado que os muestro en mi Cosmoclip muy a menudo durante mis vacaciones en España, incluso para bañarme en la piscina.

Ver en Cosmo vídeo - recogido veraniego para pelo corto

Truco para hacer ondas con la plancha en pelo corto

Cómo conseguir ondas deshechas cuando tenemos el pelo corto

Si habéis echado un vistazo últimamente a mis stories de Instagram ya sabréis que al final me pudo el arrebato y terminé cortándome yo misma el pelo siguiendo un tutorial de YouTube después de mucho pensarlo durante el confinamiento. De momento no me arrepiento lo más mínimo, y estoy encantada de poder lavarme el pelo casi a diario y no tener que preocuparme demasiado por secarlo ni peinarlo —porque con estas temperaturas puedo dejarlo secar al aire sin problemas—.

Es cierto que ahora ya no tengo tantas opciones a la hora de hacerme peinados, aunque poco a poco voy probando cosas nuevas y espero poder compartir muchos tutoriales después de las vacaciones.

De momento uno de los retos a los que he tenido que enfrentarme ha sido a la hora de intentar hacerme ondas deshechas con el rizador o con la plancha. Cuando el cabello es más largo basta con hacer un tirabuzón más marcado y dejar que el peso del propio mechón lo abra a base de trabajarlo con los dedos para conseguir ondas abiertas con un acabado muy natural.

Obviamente, al tener el cabello más corto, esto ya no es posible. Y si nos descuidamos haciendo tirabuzones podemos terminar al más puro estilo de Judy Garland en El mago de Oz. La clave para evitarlo está en hacer directamente las ondas ya con el acabado abierto que buscamos, y para ello tan solo tendremos que usar esta técnica específica que os muestro en mi último Cosmoclip.

Ver en Cosmo truco para hacer ondas abiertas en pelo corto

Truco para limpiar botellas metálicas reutilizables

Cómo limpiar botellas reutilizables y evitar que cojan malos olores

No deja de resultarme curioso que algo tan básico e imprescindible para la supervivencia del ser humano como es beber suficiente agua, nos cueste tantísimo a la gran mayoría. Conozco a mucha gente que no llega ni de lejos a los consabidos dos litros diarios que los responsables de la salud tanto recomiendan, ni siquiera durante los meses de más calor del año.

A mí lo que me ayudó bastante fue invertir en una botella reutilizable metálica, de esas que mantienen los líquidos fríos durante casi un día entero, o calientes hasta ocho horas. Así fue como descubrí que, no es que no me guste beber agua, es que no me gusta beber agua si no está fría. Que ya sé que hay quienes dicen que beber agua fría es contraproducente porque terminas bebiendo menos de la que tu cuerpo necesita en realidad. Pero en mi caso si está bien fría al menos bebo algo de agua, así que supongo que mejor eso que nada.

Cuando se pusieron de moda estas botellas hace dos o tres años, no eran precisamente baratas. Ahora en cambio hay muchas opciones y es más fácil encontrar buenas marcas a precios más asequibles, aunque mi recomendación personal es evitar las de mala calidad porque son las que antes terminan por acabar cogiendo malos olores.

Lo de los malos olores —que es algo que ha pasado desde siempre con las clásicas cantimploras— le puede ocurrir incluso a las mejores botellas, especialmente si somos propensos a dejar durante varios días un poco de agua en su interior, o si las almacenamos sin quitarles el tapón. Pero teniendo un poco de cuidado y limpiándolas de vez en cuando con este truco que os muestro en mi Cosmoclip podremos disfrutar de nuestra botella reutilizable durante muchos años.

Ver en Cosmo - truco para evitar malos olores en botellas reutilizables

No-makeup makeup verano 2020

Tutorial: maquillaje ultraligero para sobrevivir a los días de calor

Una de las cosas que más me gusta del verano es que, como la piel suele tener un tono más saludable, puedo reducir a mínimos absolutos mi rutina de maquillaje. Es un verdadero alivio poder prescindir por ejemplo de la base de maquillaje durante estos meses, ya que en general no se trata de un producto que se lleve demasiado bien con las altas temperaturas veraniegas.

El de la base no es el único paso en esta época del año: también aprovecho para ignorar olímpicamente mi máscara de pestañas habitual. La sustituyo por un poco de gel transparente y una buena dosis de rizador. De esta forma mi maquillaje veraniego es completamente todoterreno, y si de repente me da por improvisar y termino pasando la tarde en la playa, no tengo que andar preocupada por no mojarme la cara si quiero darme un chapuzón y no salir del agua convertida en oso panda.

Otra de las ventajas indiscutibles de este maquillaje de efecto no-makeup es que se hace usando muy poquitos productos, puesto que algunos de ellos son multiusos muy prácticos que nos sirven para cosas diferentes. De este modo podremos viajar con un neceser de lo más minimalista si estamos pensando en irnos de vacaciones. ¡Espero que os guste!

Ver en Cosmo tutorial no-makeup make up

Truco para hacer ondas sin calor con un pañuelo o bandana

Cómo hacer ondas sin calor usando solo un pañuelo

Conforme van subiendo las temperaturas apetece cada vez menos pasar tiempo demasiado cerca de las planchas del pelo, las tenacillas o cualquier otra herramienta que nos haga sudar más de las cuenta. Hay personas afortunadas que tienen el cabello con la textura adecuada como para que les quede perfecto simplemente dejándolo secar al aire, pero lamentablemente yo no estoy dentro de ese grupo privilegiado.

Así que no me queda otra que recurrir a algunos trucos de toda la vida —como este que os muestro en mi último Cosmoclippara lucir ondas sin tener que maltratar mi melena con temperaturas demasiado elevadas.