Contorno de ojos con veneno de medusa de Naturalium Bioactive

Contorno de ojos con esencia de veneno de medusa de Naturalium Bioactive: ¿elimina las ojeras?

Llevo ya tres semanas poniendo a prueba el contorno de ojos con Esencia de Veneno de Medusa de Naturalium Bioactive así que ya tengo una opinión bastante formada sobre este producto y quiero compartirla en este post por si os estáis planteando probarlo, para que sepáis qué esperar de él, para qué funciona de maravilla y para qué no.

Yo lo conseguí en la tienda online de Mírame Academy, una academia tanto presencial como online especializada en cejas y pestañas, pero que también se dedican a la venta al público de ciertos productos de belleza. El envío fue rapidísimo a pesar de ser internacional y la persona encargada de la gestión fue muy amable y accesible y resolvió rápidamente todas mis dudas por correo electrónico.

Contorno de ojos con veneno de medusa de Naturalium Bioactive

El contorno de ojos Jellyfish Venom Essence (o Esencia de Veneno de Medusa) está formulado con colágeno y activos descongestivos 100% naturales con propiedades calmantes, antiinflamatorias e hidratantes.

Contorno de ojos con veneno de medusa de Naturalium Bioactive

Promete reducir eficazmente las bolsas y ojeras de manera inmediata, tensar la piel eliminando los signos de fatiga, disminuir el exceso de líquidos y reducir también contracciones musculares.

Se aplica como la mayoría de los contornos de ojos convencionales: dando pequeños toquecitos con los dedos. Dicen las instrucciones que hay que evitar moverse demasiado o gesticular durante los primeros 2-3 minutos después de la aplicación, mientras esperamos a que la crema penetre y se seque. Sigue leyendo “Contorno de ojos con esencia de veneno de medusa de Naturalium Bioactive: ¿elimina las ojeras?”

Steph y yo viendo el atardecer

Paseos en tiempos de pandemia: Arthur Fletcher, The Music Man

Desde que empezara el segundo confinamiento aquí en Inglaterra, hace algo más de un par de semanas, mi vida social se ha visto reducida a un único paseo los jueves por la tarde con mi vecina y amiga Steph. Aquí las medidas permiten que nos encontremos con una única persona con la que no convivamos siempre y cuando sea al aire libre, así que si el tiempo lo permite Steph me recoge en mi portal después de comer, y caminamos juntas hasta el paseo marítimo de Torquay.

Brindis en el paseo marítimo de Torquay

Para que la caminata dure un poco más, y para que nos dé tiempo de ponernos al día con nuestra charla, damos un pequeño rodeo bordeando el puerto deportivo y cruzamos el puente levadizo antes de encaminarnos al Costa Coffee, uno de los pocos sitios que quedan abiertos en la zona y donde solemos pedir un par de bebidas calientes para llevar. Después nos sentamos un rato frente al mar para ver el atardecer mientras nos calentamos las manos, ella con su cappuccino y yo con mi chai latte.

Steph y yo viendo el atardecer

Todo el paseo marítimo está salpicado de bancos conmemorativos como el que os enseñaba en este post de Instagram, y esta semana Steph me mostró con orgullo uno dedicado a un amigo suyo que falleció en 1992.

Arthur Fletcher The Music Man

Arthur Fletcher era más conocido como The Music Man entre sus amigos tanto por ser batería en un club de jazz de Torquay que ya no existe pero que era muy popular en su época, como por ser el alma de cualquier fiesta en la que pusiese un pie. Cuando supo que estaba a punto de morir quiso despedirse de todos sus amigos y seres queridos con una celebración por todo lo alto en el piso en el que vivía, que estaba justo en uno de los edificios del acantilado que queda detrás de donde está ahora su banco.

El banco de Arthur Fletcher

Dice Steph que fue una fiesta memorable, como las que solo se hacían antes. Y que todos los amigos músicos de Arthur se habían puesto de acuerdo para despedir la velada tocando y cantando My way de Frank Sinatra. Cuenta que fue un momento muy emotivo, pero también muy feliz porque Arthur se sabía en cierto modo afortunado por poderse despedir así de todas las personas a las que amaba, a sabiendas de que algún día ellos recordarían la situación con una sonrisa, justo como Steph estaba haciendo en ese preciso instante.

Cuando Arthur falleció sus amigos hicieron una colecta entre ellos para pagar el banco conmemorativo. Y me confiesa Steph que decidieron ponerlo en ese punto del paseo marítimo, no porque Arthur soliera pasear mucho por allí, sino porque así cuando ellos pasaban delante del banco no podían evitar alzar la vista hacia aquel edificio en el que habían celebrado su vida para despedirlo.

El banco de Arthur Fletcher en el Seaside de Torquay

Yoga Sllim 7 unboxing miniatura 2

Lenovo Yoga Slim 7: unboxing y primeras impresiones

La pandemia por la que el 2020 va a pasar a la historia ha afectado a nuestras rutinas de trabajo de muchas formas distintas. Hay quienes de repente se han visto obligados a montarse una oficina improvisada en el salón o en la cocina, o quienes viajábamos de forma regular para asistir a eventos y ahora nos arrepentimos seriamente de no haber invertido a tiempo en Zoom, dado que prácticamente todos esos eventos han pasado a celebrarse de forma virtual.

Pero si algo tenemos en común todos los que de alguna manera podemos trabajar desde casa es lo mucho que la tecnología nos ha facilitado la tarea. No quiero ni imaginarme lo que hubiera sido tener que pasar por una situación así hace quince o veinte años, cuando internet era aún una dimensión un tanto abstracta y limitada o las video llamadas algo que aún nos sonaba lejano o incluso a película de ciencia ficción. Qué complicado hubiera sido entonces organizarse en la distancia con los compañeros de oficina, o qué difícil habría resultado la situación para los que vivimos lejos de la familia y de los amigos.

Supongo que muchos también se han dado cuenta de lo importante que es contar con el dispositivo adecuado para nuestro tipo de trabajo o para nuestros estudios. A muchas familias el primer confinamiento les pilló con un solo ordenador en casa que tenían que compartir padres que teletrabajaban con hijos que daban clases online, y que en muchas ocasiones tenían que apañarse la mayor parte del tiempo con móviles o tabletas antiguas que tenían por ahí.

Esta segunda ola en cambio sí que la veíamos venir, y prueba de ello ha sido la dificultad para comprar, tanto online como en tiendas físicas, ciertos equipos que por su combinación de especificaciones y precio ajustado suponían una opción versátil y atractiva para diferentes tipos de usuarios. Y precisamente un ejemplo de ello es esta versión del Yoga Slim 7 de Lenovo con procesador AMD: desde su fecha oficial de lanzamiento las unidades que iban saliendo a la venta a través de distintos distribuidores desaparecían en cuestión de pocas horas dejando tras de sí un aviso de agotado. Tan solo las versiones con procesadores de Intel parecían ser más fáciles de conseguir, pero su precio superior y las comparativas de rendimiento que han proliferado en internet (y que no las dejan en buen lugar con respecto a las versiones que equipan chips de AMD), han hecho que siendo dispositivos tan parecidos la aceptación haya sido muy diferente.

Llevo algo más de una semana utilizándolo como mi equipo personal, pero ya desde el primer día entendí todo el hype que lo rodea: el Yoga Slim 7 con procesador AMD es un lobo con piel de cordero. Es tan delgado, estilizado y silencioso que a simple vista puede dar pie a engaño y hacernos pensar que no es el tipo de portátil capaz de desempeñar tareas pesadas. Pero nada más lejos de la realidad.

Durante estos días lo he puesto a prueba editando vídeo, utilizando de forma continuada varios programas simultáneamente e incluso jugando a títulos ligeros, y este portátil ha aprobado con nota y sin apenas despeinarse en el proceso. La única pega que se me ocurre de momento es que no tenga ranura para tarjeta SIM, lo que lo convertiría sin lugar a dudas en uno de los mejores ultraportátiles de este año para trabajar desde cualquier sitio. Pero teniendo en cuenta que la mayoría de nosotros vamos a estar cerquita del router durante lo que queda de año y parte del que viene, supongo que tampoco es una prioridad.

He hecho un vídeo con el unboxing que grabé el día que lo recibí y mis primeras impresiones tras la primera semana de uso. ¡Espero que os guste!

NOTA: Lenovo me ha enviado esta unidad del Yoga Slim 7 para que la pruebe y escriba sobre ella, pero mi opinión sobre el dispositivo es totalmente libre e independiente.

Qué llevo en mi bolso de mano cuando viajo

Vídeo: ¿Qué llevo en mi bolso de mano cuando viajo?

Confieso que soy una cotilla irredenta en lo que a bolsos y maletas ajenas se refiere. Al placer culpable de ser capaz de pasarme horas y horas viendo vídeos de casas pequeñas en YouTube, le sigue en segundo lugar pero muy de cerca el de ver vídeos sobre las cosas que la gente lleva en sus bolsos en su día a día, o en sus maletas y mochilas a la hora de viajar.

Y ahora ni siquiera tengo la excusa de poder decir que lo hago por prepararme para algún viaje inminente, porque este 2020 se ha encargado de cancelarnos todas las ocasiones de coger un tren o un avión que tuviésemos planeadas.

Aún así yo he querido aprovechar una escapada de fin de semana que hemos hecho a Redditch para saldar mi deuda con YouTube por todas esas horas de fisgoneo en equipajes de desconocidos, subiendo mi propio vídeo sobre las cosas que llevo yo en mi equipaje de mano cuando viajo.

Trucos caseros usando la plancha del pelo

Cosas (que no sabías) que puedes hacer con la plancha del pelo

Os contaba en aquel post sobre formas de planchar la ropa sin plancha que en muchas ocasiones, cuando estoy de viaje, uso la plancha del pelo para retocar un poco la ropa que se ha arrugado demasiado en la maleta. Y aunque en casa sí que tenemos plancha (de la de planchar ropa quiero decir) la verdad es que la usamos más bien poco, por un lado porque nos da mucha pereza y por otro porque poco a poco vamos comprando ropa de tejidos que no se arruguen mucho, para que sea suficiente con pasar las prendas un poco por la secadora para que estén en un estado más que decente.

El caso es que, como la usamos muy poco, la plancha y su correspondiente tabla de planchar suelen estar bastante inaccesibles en una alacena, con un montón de trastos delante que hacen que se quiten aún más las ganas de sacarla para utilizarla. Por este motivo precisamente me encontré a mí misma hace unas semanas tirando de la plancha del pelo para darle un repaso a unas mascarillas de tela reutilizables a las que ni siquiera la secadora había salvado de las arrugas. Y se me ocurrió que quizá sería buena idea reunir en un Cosmoclip algunos trucos caseros usando de forma un tanto inusual nuestra plancha alisadora. ¡Espero que os guste!

Ver en Cosmo - trucos usando la plancha del pelo

DIY bandeja giratoria para cosméticos

DIY: bandeja giratoria para cosméticos

Si hay algún resquicio en el que aún me cuesta más de lo que debería lo de llevar el minimalismo a rajatabla es sin duda en el cuarto de baño. Entre lo mucho que me cuesta resistirme a comprar algún nuevo descubrimiento cosmético, y que algunas marcas me siguen mandando sus lanzamientos para que los pruebe y escriba sobre ellos, al final acabo acumulando en mis estanterías tal cantidad de productos que no siempre es tarea fácil mantenerlos ordenados.

Y aunque tengo la inmensa fortuna de contar con un cuarto de baño para mí sola, la verdad es que no tiene más almacenaje que una repisa y el típico mueblecito de dos puertas debajo del lavabo. Así que es importante aprovechar bien cada centímetro de esa repisa y para ello he recurrido a esta práctica idea que os muestro en mi último Cosmoclip. No necesitaréis más que un par de bandejas de hornear del tamaño que mejor os venga dependiendo de dónde vayáis a ponerlas, y algunas canicas. Sí, canicas de toda la vida. Yo las encontré muy baratas en Amazon, pero también podéis buscarlas en alguna tienda de juguetes de vuestro barrio o incluso en tiendas de decoración.

Ver en Cosmo DIY bandeja giratoria para cosméticos

Cómo doblar jerséis gruesos para que ocupen poco espacio

Cómo doblar los jerséis para que ocupen poco espacio

Ya os he contado en alguna que otra ocasión que el armario que tengo ahora es la mitad que el que tenía antes de mudarme a Inglaterra. Podría incluso decir que es más bien la tercera parte del que tenía, pero supongo que eso sería estirar demasiado el chicle y tampoco es cuestión de hacerme tanto la víctima. Esta transición hacia mi nuevo yo minimalista ha sido en parte gracias al hecho de que en este país en general y en este condado en particular la gente no presta demasiada atención a cómo van vestidos los demás. Lo de vive y deja vivir se lleva aquí en ese sentido hasta límites insospechados. Toda una bendición. Supongo que porque la preocupación por la indumentaria es inversamente proporcional a la distancia de la playa más cercana.

Pero aunque es verdad que mi fondo de armario se ha vuelto mucho más básico y atemporal desde que vivo por aquí, también es cierto que hay ciertas cosas a las que no estoy dispuesta a renunciar, y una de ellas es a los jerséis enormes y bien mulliditos, que tan de maravilla vienen cuando empiezan a bajar las temperaturas.

El problema es que justo los jerséis son de las prendas que más espacio nos roban en el armario, por no hablar de en la maleta, sobre todo cuando se viaja solo con equipaje de mano como suele ser mi caso. Así que toca investigar un poco hasta dar con la forma más eficiente de doblarlos. Yo he ido probando varias durante los años que llevo aquí, y al final me he quedado con esta que os muestro en mi último Cosmoclip porque me parece la más sencilla y al mismo tiempo la más práctica tanto para mantener los cajones ordenados como para maximizar el espacio en nuestra maleta. ¡Espero que os guste!Ver en Cosmo vídeo - cómo doblar jerséis gruesos

Tenis de mesa y té con pastas

Tenis de mesa y té con pastas

Enfrente del primer apartamento que alquilamos en Torquay teníamos una especie de centro cívico-cultural que albergaba diferentes actividades, tanto artísticas como deportivas. Un día, curioseando en uno de los tablones de anuncios, descubrimos que tres veces por semana se reunían allí para practicar los miembros de un club de tenis de mesa, y como eso era lo más parecido a un gimnasio que teníamos cerca de casa decidimos ir a probar un entrenamiento con vistas a apuntarnos al club en caso de que el sitio y la gente nos gustasen.

Nos compramos un par de raquetas y cruzamos la calle un viernes por la noche sin saber muy bien qué íbamos a encontrarnos en aquel extraño edificio con pinta de residencia universitaria. Aunque llevábamos tiempo sin jugar no nos intimidaba el nivel deportivo que pudiéramos encontrarnos. Mis padres eran muy aficionados a este deporte y teníamos mesa de ping pong en casa, así que puede decirse que tengo bastantes horas de rodaje aunque nunca haya participado en ninguna competición. Y Edu algunas de las veces que hemos jugado entre nosotros ha conseguido incluso ganarme. Prueba de que los dos nos defendemos de forma más o menos decente jugando a este deporte.

Nuestro propósito principal, al margen de hacer algo de ejercicio, era conocer gente de nuestra edad con la que poder trabar amistad —ya que como estábamos recién llegados a Inglaterra nuestra vida social era más bien escasa, por no decir inexistente—. Hago esta aclaración para que comprendáis mejor nuestra decepción al entrar en aquella pista de polideportivo y descubrir que la media de edad de los asistentes al entrenamiento rondaba los setenta años, tirando muy por lo bajo.

Club de tenis de mesa en UK

Imagino que el señor que nos dio la bienvenida achacó a la timidez nuestras caras de perplejidad y el hecho de que no supiéramos muy bien qué decir. Muy amablemente nos explicó que se reunían para jugar los lunes, miércoles y viernes, que el precio era de dos libras por sesión y se pagaba cada día —por lo que no había que comprometerse de ninguna manera ni pagar mensualidad—, y que por ser nuestra primera sesión estábamos invitados.

Señaló hacia una especie de barra en uno de los laterales de la pista formada por una hilera de tres mesas en la que no habíamos reparado al entrar en la sala, y nos dijo que podíamos comer y beber lo que quisiéramos. Sobre aquella barra provisional había un verdadero festín digno del más profesional de los cáterings: un hervidor de agua eléctrico, una caja con una selección infinita de tés e infusiones, latas con galletas de mantequilla, bandejitas con pastas de chocolate e incluso una fuente con algo de fruta.

Nuestro anfitrión nos contó que cada miembro del club traía algo de picar a las sesiones, y que lo compartían todo entre todos. Nos aclaró con una sonrisa que era totalmente voluntario hacer aportaciones a aquella merienda colectiva, pero que si al final nos animábamos a apuntarnos al club cualquier cosa que quisiéramos llevar sería más que bien recibida.

Declinamos la invitación al refrigerio con toda la amabilidad de la que fuimos capaces de hacer gala, pero no pudimos negarnos cuando nos sugirió ponernos manos a la obra y empuñar las raquetas, que al fin y al cabo era para lo que estábamos allí.

Robert, que así era como se llamaba nuestro anfitrión, se llevó a Edu a una mesa de ping pong contigua al mismo tiempo que le hacía un gesto con la mano para que se acercase a una anciana que estaba sentada junto al improvisado buffet de merienda.

La mujer tardó lo que a mí me pareció una eternidad en llegar a la mesa en la que yo ya estaba preparada para jugar. Usaba gafas y llevaba el pelo —completamente blanco y por debajo de los hombros— suelto, aunque se apartaba el flequillo de la frente con una cinta de tenista a juego con su chándal rosa fucsia, que le daba un aire muy divertido de abuela ochentera.

Me dijo que se llamaba Georgina, que tenía ochenta años y que había sido en su momento jugadora semi profesional, pero que había que tenido que dejar la competición por prescripción médica debido a sus problemas de corazón. Me pidió que la disculpara por no poder moverse demasiado: la culpa la tenía una lesión en la rodilla que había ido empeorando con los años.

No estaba yo muy segura de qué actitud tomar en aquel primer partido con ella. Por un lado me daba miedo que se lesionara aún más o que le diera un infarto en medio del pabellón si la obligaba a jugar con más energías de las que podía, pero por otro temía que notara mi condescendencia si jugaba de forma más suave y se sintiera ofendida por ello. Así que le sugerí que empezara sacando ella, de modo que así pudiera tantear yo el ritmo con el que ella estuviera más cómoda.

Me hubiera gustado que aquella pista de polideportivo tuviera cámaras de seguridad de algún tipo para inmortalizar la cara de idiota que se me debió de quedar cuando vi —o mejor dicho, cuando no vi— la pelota cruzando la mesa a toda velocidad y haciendo un punto impecable. Achaqué aquel primer punto a mi despiste, pero según fueron sucediéndose los tantos me quedé sin excusas que darme a mí misma.

Era cierto que Georgina apenas podía moverse, pero también era cierto que no lo necesitaba. Recuerdo que mientras sudaba la gota gorda rodeando desesperadamente la mesa de izquierda a derecha para intentar devolverle la pelota y marcar algún punto, la única analogía que se me ocurría era la de que a aquella anciana que me estaba dando la paliza de mi vida sin apenas despeinarse parecía que le hubieran transplantado el brazo derecho de algún campeón chino de ping pong. Los que hayáis visto jugar alguna vez a los chinos al ping pong sabréis perfectamente de lo que hablo.

Aproveché una de las muchas veces que me agaché a recoger la pelota para mirar de reojo a la mesa en la que Edu estaba recibiendo un vapuleo deportivo de la mano de Robert que nada tenía que envidiar al que me estaban dando a mí. Intercambiamos una mirada y nos costó aguantarnos la risa, aunque los dos conseguimos terminar nuestras respectivas partidas haciendo acopio de toda la resignación y deportividad de las que fuimos capaces.

Cuando hubieron terminado con nosotros propusieron jugar los cuatro juntos por parejas, y volvieron a darnos otra paliza con el agravante de que cada vez que nos marcaban un punto se deshacían en mil disculpas y sonrisas, como si estuvieran cometiendo alguna descortesía imperdonable.

Tenis de mesa en Reino Unido

Hicimos un descanso para darle un respiro a nuestra dignidad e hidratarnos un poco, y fue entonces cuando vimos que en una de las mesas al otro lado de la pista se estaba jugando lo que parecía un partido un poco más en serio, en el sentido de que había árbitros y los jugadores llevaban equipaciones profesionales. Les preguntamos a Robert y Georgina al respecto, y nos explicaron que era una jornada de un torneo que debería de estar celebrándose en otro lugar, pero que habían tenido un problema de última hora con las instalaciones en las que debía llevarse a cabo y por eso el club les había ofrecido que lo celebrasen allí.

El partido, que enfrentaba a un hombre y a una mujer más o menos de nuestra edad, fue emocionante y se saldó con la victoria de la participante femenina. Tras el último y disputadísimo punto, los competidores se saludaron dándose la mano e hicieron lo propio con los árbitros, y de repente apareció de la nada una tetera en las manos de uno de los espectadores, o eso me pareció a mí, y en tan solo unos segundos todos tenían tazas y se estaban pasando la tetera unos a otros como si aquello fuera la más sofisticada de las reuniones sociales en el jardín de alguna marquesa.

Me quedé pasmada, sobre todo porque no me cabía en la cabeza que lo primero que aquellos dos jugadores —aún empapados en sudor por el partido que acababan de disputar— quisieran meterse entre pecho y espalda fuera una taza ardiendo de Earl Grey, en lugar de medio litro de agua bien fría. Pero se ve que aquí están hechos de otra pasta.

Aquella noche aprendí dos cosas. La primera es que si hay algún sitio donde se cumple a pies juntillas eso de que la edad es solo un número, es sin duda aquí en Torquay. Buena prueba de ello es la amable lección con la que aquellos adorables jubilados nos pusieron a Edu y a mí en nuestro sitio.

Y la segunda es que a los ingleses les falta tiempo y les sobran excusas para tomar el té, sean cuales sean el sitio o las circunstancias.

Tenis de mesa y té con pastas

Cartas de mi vecina

Mi vecina Steph

Tengo la suerte de tener unos vecinos encantadores, entre ellos una señora maravillosa a la que ya considero mi amiga. Su pasaporte dice que tiene ochenta años, pero por su forma física y su vitalidad podría decirse que aparente veinte o veinticinco menos. No se quiso jubilar hasta el año pasado, y es tan autónoma e independiente que a día de hoy sigue conduciendo su propio coche para ir a todas partes.


Antes de la pandemia quedábamos todas las semanas para tomar el té o ir al cine, y aunque durante el confinamiento nos ha tocado guardar un poco las distancias, hemos seguido en contacto. La semana pasada volvimos a quedar después de todos estos meses y me llevó a merendar a un hotel precioso con vistas al mar que está a diez minutos de donde vivimos, pero que yo nunca había visto porque está un poco escondido. Uno de esos rincones que solo se descubren porque te los muestra un lugareño.

Como ella no tiene móvil nuestra forma de mantenernos en contacto y de ponernos de acuerdo para quedar es dejándonos notas y tarjetas en el buzón. Lo de escribir tarjetas para todo es una costumbre muy inglesa, y de hecho hay incluso tiendas que se dedican solo a eso, a vender tarjetas para todo tipo de ocasiones.


Cuando recibí la primera me pilló un poco desprevenida y tuve que ir a una papelería expresamente a comprarme un set de tarjetitas con sobres para poder contestarle. Ahora ya no me faltan nunca tarjetas de este tipo en casa. Se han convertido en mi WhatsApp particular con ella. ❤️

DIY mesita revistero con carpeteros

DIY: cómo hacer una mesita revistero con carpeteros de cartón

La semana pasada tuve que ir a Exeter para reunirme con mi contable y pasé por la puerta de una de mis tiendas favoritas, una papelería llamada Paperchase. Había cola para entrar, en parte por culpa del omnipresente coronavirus y en parte porque tenían un tentador 3×2 en la mayoría de los artículos. La cola estaba formada básicamente por estudiantes de todas las edades y algunos padres que acompañaban a los más pequeños. Y me dieron un poco de envidia, no por tener que hacer cola, sino por tener alguna excusa para comprar cuadernos, bolígrafos, rotuladores y demás maravillas que acompañan siempre al inicio del curso escolar. Quién fuera niña otra vez para emocionarse de nuevo con la vuelta al cole. Porque yo era de esas a las que no les importaba en absoluto que se terminaran las vacaciones, siempre estaba deseando volver a clase.

Pero lo bueno de ser adulta es que si no tengo excusas para hacer algo, me las puedo inventar. Así que en mi último Cosmoclip os muestro cómo me he fabricado una mesita auxiliar con revistero utilizando cuatro carpeteros de cartón. Y sí, como ya os imaginaréis, tuve que pasarme una tarde entera en la inmensa sección de papelería de The Range hasta que di con los carpeteros perfectos para la ocasión. Y puede que ya de paso comprase algunas cosillas más. 😉

Ver en Cosmo - vídeo DIY mesita revistero con carpeteros