Córtate tú misma el flequillo con Brad Mondo

Córtate tú misma el flequillo paso a paso con Brad Mondo

En muchos países las peluquerías siguen cerradas debido a las medidas de seguridad para mantener a raya el coronavirus, y aunque en algunos otros hayan ido reabriendo sigue sin ser recomendable pasar varias horas en un lugar cerrado lleno de personas extrañas. Ya os contaba en este otro post que el aire de los secadores de pelo es capaz de mover por toda la habitación las partículas del virus que quedan flotando en el ambiente alrededor de las personas infectadas, aunque sean asintomáticas, aumentando así el riesgo de contagiarnos.

Pero aguantar tanto tiempo sin ponernos en manos de nuestra estilista puede ser todo un reto, especialmente para quienes suelen llevar cortes de pelo muy estructurados o flequillos muy definidos.

Si estás en este último grupo hoy estás de suerte porque precisamente esta semana Brad Mondo —el popular estilista youtuber famoso por sus vídeos con reacciones a desastres capilares caseros— ha hecho una colaboración con Beauty Insider y ha asesorado, vía Skype, a Caroline Aghajanian mientras esta se cortaba ella misma el flequillo sin salir de casa.

Así que ahora puedes seguir el tutorial paso a paso con ellos para retocarte el flequillo o incluso atreverte a cortártelo por primera vez. Es divertido experimentar con el pelo y poco a poco, con la práctica, puedes conseguir resultados estupendos. Y tampoco hay que preocuparse demasiado si cometemos algún pequeño error porque ¡el pelo crece!

El único paso imprescindible antes de empezar a experimentar con nuestro cabello en casa es el de hacernos con unas tijeras específicas para la tarea —no vale con coger las primeras tijeras que encontremos por ahí—, pero afortunadamente podemos conseguir tijeras más que decentes por muy buen precio en Amazon o tiendas online que distribuyen productos profesionales de peluquería.

¿Te animas a cortarte tú misma el flequillo? 😀

4 formas de llevar un pañuelo o turbante

4 formas de llevar un pañuelo como turbante o diadema

Sé que no todo el mundo se atreve a retocarse el tinte en casa y que hay quienes prefieren mil veces esperar a que abran de nuevo las peluquerías para poner a punto la melena. Pero mientras tanto sigue tocando trabajar o atender videollamadas si somos de los afortunados que podemos trabajar desde casa.

Y para esos casos, si no tenemos la auto confianza suficiente como para lucir nuestras raíces en su estado más salvaje, nada como echar mano de uno de los accesorios estrella de la temporada estival: los pañuelos a modo de turbante o diadema.

Un pañuelo bonito también puede ser de gran ayuda para cuando por ejemplo queremos espaciar un poco más de lo habitual los lavados para darle un respiro a nuestro cabello pero no queremos renunciar a estar presentables durante esos días. O puede incluso ser nuestro salvavidas si nos ha dado por experimentar con nuestro flequillo durante la cuarentena y no estamos muy satisfechas con los resultados.

Ver en Cosmo formas de llevar un pañuelo o turbante

Distancia social Covid19

La “nueva normalidad”

La nueva normalidad se ha convertido estos días en el mantra favorito de muchos políticos, periodistas y tertulianos. Todos creen tener entre sus hipótesis y elucubraciones la receta perfecta para la desescalada, ese otro término tan omnipresente como resbaladizo del que depende la salud mental y la economía de muchos.

La mayoría de los ciudadanos de a pie hemos pasado de la incredulidad que nos provocaba el hecho de sentirnos protagonistas de una película de tintes apocalípticos y bajo presupuesto, a la aceptación resignada de esta realidad pesadillesca que nos ha mandado de una patada en el trasero varios escalones abajo en nuestra pirámide de Maslow.

Pirámide de Maslow Covid19

Y no podemos evitar dejarnos caer en el ejercicio de imaginar cómo será nuestra vuelta a la rutina, a esa nueva normalidad que parecería estar sacada de algún improbable universo paralelo y que promete regalarnos escenas tan surrealistas como playas divididas en cubículos de metacrilato.

Este nuevo coronavirus ha llegado para quedarse, y durante los meses que tarde en llegar la vacuna nos va a tocar doblegarnos a esta situación en la que no nos queda otra que renunciar por nuestra seguridad a ciertos derechos y libertades.

Hasta hace poco me preguntaba si acaso ya no podremos volver a ir al supermercado sin tener que esperar una cola solo para entrar, o sin la inquietud de encontrarnos vacíos —otra vez— los estantes de ciertos productos básicos. Me preguntaba cuánto tiempo tendría que pasar hasta que volviéramos a sentirnos seguros compartiendo la oscuridad de una sala de cine con varias decenas de extraños, o si después de todo esto los viajes internacionales seguirán siendo tan mainstream como lo eran hasta hace unos meses.

Calles desiertas pandemia coronavirus

Pero lo que ahora alimenta los engranajes de mi curiosidad es el divagar sobre las secuelas psicológicas que este 2020 va a regalarnos, incluso aunque no hayamos pasado por el trance de perder a seres queridos. En uno de los episodios de la tercera temporada de GLOW (Netflix) uno de los personajes confesaba entre lágrimas que su padre, judío superviviente del holocausto, jamás había podido vivir en una casa que no contara con sótano o desván, por si acaso tenía que volver a ocultarse.

Bill Gates arrancaba su popular charla TED de 2015 sobre pandemias mostrando el bidón con agua y alimentos que muchos hogares americanos atesoraban después de la Segunda Guerra Mundial para sobrevivir en caso de un ataque nuclear. Cada generación tiene sus propios traumas y puede que los nuestros sean el de tener siempre mascarillas colgadas en el perchero de la entrada o el de no salir de casa sin un bote de gel desinfectante que usaremos de forma compulsiva.

Mascarillas y gel desinfectante coronavirus Covid19

La gran diferencia entre unos confinamientos y otros la han marcado el hecho de estar encerrados con las personas adecuadas y en lugares más o menos cómodos, así que supongo que es normal hasta cierto punto que a partir de ahora la gente se pregunte ¿es este el tipo de persona con la que me gustaría pasar una cuarentena? cada vez que empiecen a salir con una potencial pareja. O ¿me importaría que me confinasen aquí? cada vez que vayan a alquilar un piso nuevo o a comprar una casa.

Yo no puedo quejarme en ninguno de esos dos aspectos: tengo buena compañía para esta etapa tan incierta de nuestras vidas y un piso que, sin ser muy grande, es bastante cómodo. Y aunque siempre he sido más de apartamentos que de casas ahora no puedo evitar fantasear con un jardincito pequeño en el que tener un huerto y algunas gallinas. Yo, que soy más de ciudad que una parada de metro.

No pasa nada por no querer hacer nada

No pasa nada por no querer hacer nada

Casi un mes sin pasar por aquí, pero no porque no lo haya intentado. Cada vez que abría el editor de WordPress me quedaba bloqueada, sin saber muy bien sobre qué era apropiado o no escribir en esta situación. Por un lado las temáticas que suelo tratar de forma habitual en el blog me parecían frívolas y absolutamente fuera de lugar, pero por otro entiendo que bastante bombardeo tenemos en los medios con la pandemia como para ponerme yo aquí a hablar de nada relacionado con el tema. Y tampoco es que yo tuviese demasiado que aportar al respecto.

Los primeros días no estaba tan desanimada: después de tantos años trabajando desde casa, pensé que quizá podría publicar algunos consejos para quienes se habían visto de repente obligados a convertir el salón en su oficina. A decir verdad mi rutina diaria no se diferencia demasiado de esta cuarentena, especialmente durante los meses de invierno, ya que gracias al clima británico puedo pasarme perfectamente semanas enteras sin salir de casa más que para sacar la basura.

Y por otro lado no me avergüenza admitir que incluso me entusiasmé con la idea de usar el tiempo que me iba a quedar tras cancelar mi escasa vida social para terminar libros y cursos que tenía pendientes. Mi intención no era otra que la de intentar ver el lado positivo de la situación y aprovechar al máximo los recursos a mi alcance.

Y sin embargo empezaron a pasar los días sin que yo consiguiese reunir las energías suficientes como para arrancarle algo coherente al teclado, o como para ponerme al día con todas esas lecturas y cursos atrasados. La apatía hacía que me pasara el día en pijama, tomando chocolate caliente y alternando partidas de Hearthstone con horas de scroll infinito en mi timeline de Twitter. Dejé incluso de entrar a Instagram porque me deprimía compararme con esa gente que en cuarenta y ocho horas de cuarentena ya había ordenado todos los armarios de su casa, había aprendido tres recetas nuevas en YouTube y además había tenido tiempo de hacer una rutina de yoga diferente cada día.

Mi falta de productividad me hacía sentirme culpable, y esa culpabilidad crecía de forma exponencial cuanto más reflexionaba sobre el hecho de que no tenía motivos reales para estar tan desanimada. Mi familia y mis amigos tienen buena salud, me encanta estar en casa y, aunque mi piso no es excesivamente grande, sí que es muy cómodo. No tenía ni tengo motivos para quejarme ni sentirme desafortunada, y como ya os imaginaréis, ser consciente de ello alimentaba aún más mi sentimiento de culpa.

Tras varios días de darle muchas vueltas a todo y de navegar sin rumbo fijo por redes sociales, acabé dando con algunos artículos interesantes sobre el duelo y el luto, y descubrí que podemos pasar por estos procesos emocionales incluso aunque no haya fallecido ninguno de nuestros seres queridos.

En esta situación por ejemplo es posible estar de duelo por haber perdido parte de nuestra libertad, o porque sentimos que nos han arrebatado la que esperábamos que fuese nuestra vida durante estos meses, o nuestros planes y viajes. Asumíamos que nuestra rutina iba a transcurrir de una manera más o menos previsible y de golpe y porrazo nos hemos quedado sin muchísimas cosas que dábamos por sentado.

A la mayoría de las personas se nos da regular lo de lidiar con la incertidumbre, y ahora tenemos que enfrentarnos al hecho de que no tenemos ni idea de cuánto va a durar nuestra situación, ni de cómo acabará. La pandemia nos ha robado esa falsa sensación de seguridad que impulsaba nuestro día a día. Ahora nos damos cuenta de que estamos más desprotegidos de lo que pensábamos, de que no somos tan invencibles ni tan independientes. De que necesitamos del esfuerzo y la colaboración de otros seres humanos para algo tan básico como tener un plato de comida caliente o las medicinas más imprescindibles. El COVID-19 ha sido una verdadera bofetada para ese individualismo egoísta que había ido aflorando durante la última década. Tenemos que ayudarnos unos a otros, todos podemos poner nuestro granito de arena para resolver cuanto antes este problema que nos atañe, aunque solo sea cumpliendo con la parte que nos toca de quedarnos en casa y no poner en peligro a otros.

Yo también puedo ayudar, de hecho ya lo estoy haciendo. Y de repente el confinamiento no pesa tanto si se tiene bien a la vista el por qué, el propósito. Puede que nuestra aportación no sea tan heroica como la de los sanitarios que se la juegan en los hospitales atendiendo a enfermos sin las protecciones adecuadas. Pero estamos salvando a gente. Tú y yo. Por cada día que nos quedamos en casa hay miles de personas que no se contagian y otras tantas que se libran de acabar en la UCI.

Me siento un poco mejor al ser consciente de ello, aunque eso no borra del todo mi duelo por esa vida que sabemos que no volverá a ser la misma ni siquiera cuando todo esto acabe. Así que decido perdonarme. Decido dejarme pasar los días acurrucada bebiendo chocolate caliente y viendo series. No pasa nada por no querer hacer nada, es perfectamente normal dadas las circunstancias.

Y es justo después de perdonarme a mí misma cuando empiezo a despertar del letargo, y cuando empiezan poco a poco a volverme las ganas. Un día me levanto y hago un poco de ejercicio. Otro día hago limpieza, ordeno mi armario. Vuelvo a leer, empiezo a fantasear con futuros planes para cuando pase la tormenta, sea este verano o el próximo otoño. Abro WordPress y escribo.