Podcast Amigas Es Mejor

¡Azu y yo tenemos un podcast!

Nuestro plan original era emitir en forma de vídeos en directo esas charlas informales que Azu y yo tenemos frente al ordenador, té en mano y desde dos países diferentes, un par de veces por semana. Pero después de varias pruebas y algún que otro imprevisto técnico, nos inclinamos finalmente por compartir dichas charlas en las que arreglamos el mundo a nuestra manera en forma de podcast.

El podcast, además de ser un formato que está cada vez más en auge más allá del endogámico mundillo del marketing, tiene muchas ventajas frente a los vídeos en directo. La principal es que no tenemos que peinarnos. A nosotras con eso ya nos ha convencido. Podemos estar totalmente relajadas, en pijama, sin maquillar y con el pelo recogido en un moño mal hecho, y centrarnos solo en nuestras ocurrencias —que, no nos engañemos, suelen ser bastante bastante descabelladas demasiado a menudo—.

Porque de lo que se trata es de compartir contigo esos trocitos de nuestra intimidad, y no hay intimidad verdadera que valga si uno está concentrado en mantener una pose.

Así que entre unas cosas y otras ya tenemos en nuestro haber nada más ni nada menos que cuatro episodios de Amigas Es Mejor, disponibles en Ivoox (aunque estamos trabajando para llevarlos también a otras plataformas). En ellos hablamos de los temas más variopintos: desde cosas raras que hemos hecho por culpa del confinamiento hasta cosas que nos llevaríamos a una isla desierta, pasando por un intenso debate sobre tipos de pijamas o cada cuánto hay que echarlos a lavar según estudios científicos.

Si vas a salir a andar y te apetece darle un respiro a tus clásicas listas de música de Spotify, ¡llévanos contigo! También puedes escucharnos mientras te preparas la cena o pasas la aspiradora, o simplemente mientras te tomas algo fresquito en el balcón de tu casa disfrutando de los últimos rayos de sol. Somos buena compañía en casi cualquier situación, ya lo verás. Solo tienes que hacer click en la imagen que hay debajo de este texto para comprobarlo.

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Peluquerías y coronavirus

La reapertura de las peluquerías en tiempos del coronavirus

A estas alturas de la pandemia estamos ya la mayoría en un punto en que nos agarramos a cualquier clavo ardiendo que se parezca lo más mínimo a esa cotidianidad que nos arrebató el confinamiento. Mientras los expertos en la materia tratan de descifrar cómo de rápida o lenta será esa recuperación que volverá a reactivar nuestra economía, lo cierto es que muchos esperan ansiosos el pistoletazo de salida para volver a llenar sus bares y tiendas favoritos. Cualquiera diría que la mayoría de ellos cree que el virus ha desaparecido como por arte de magia.

Pero seguimos sin vacunas ni tratamientos 100% eficaces ante un virus que tiene muchas probabilidades de dejar secuelas serias a los afortunados que lo sobreviven

Hace unos días las peluquerías reabrían en muchas ciudades españolas, y yo no pude evitar quedarme ojiplática perdida al verlas llenarse, e incluso con lista de espera, desde el momento en que hubo peluqueras dispuestas a empuñar las tijeras. Como si el COVID-19 solo hubiera sido un mal sueño del que estábamos ya todos a salvo. Más allá de las mascarillas no había demasiada diferencia en muchos establecimientos con respecto a los días pre confinamiento.

Peluquerías y coronavirus

Por mucho que los encargados de los salones se empeñen en asegurar que se guardan dos metros entre cliente y cliente, el esfuerzo queda eclipsado por el hecho de que las estilistas no pueden guardar esa distancia entre ellas mientras se mueven en semicírculos constantes alrededor las personas a las que atienden. No hace falta ser un entendido en la materia para comprender que, si esa otra clienta que han sentado a dos metros de mí está infectada, su estilista tiene muchas papeletas para infectarse también y luego pasar la bola a todas las personas que no guarden la distancia de seguridad con ella. Y si las peluqueras y estilistas no están respetando esa distancia entre ellas —muchas veces porque es imposible con el espacio que tienen para trabajar—, pues entonces el efecto dominó se convierte en solo una cuestión de tiempo.

Salón Cheska en Instagram Salón Cheska en Instagram

Puedo entender que haya quienes tengan que correr el riesgo porque no les queda otra, como las personas mayores que por motivos de movilidad no pueden lavarse solas la cabeza, o quienes llevaban el pelo muy corto antes del confinamiento y ahora se ven con unas greñas difíciles de dominar incluso con toda la gomina del mundo, y siguen teniendo que trabajar y cuidar por ello su imagen.

Lo que no me entra en la cabeza es que haya quien se arriesgue y obligue a los demás a arriesgarse por el capricho de retocarse las mechas o hacerse un cambio de look. Porque aunque los dueños de las peluquerías estaban deseando abrir para no perder más dinero, también me consta que hay muchas estilistas empleadas cobrando un sueldo mínimo a las que no les hace ni pizca de gracia tener que estar trabajando a escasa distancia de otras personas, sin saber si acabarán contagiándose y llevándole el virus a sus familias.

Peluquerías Pascual en Instagram Peluquerías Pascual en Instagram

Este es el momento de apoyar a los pequeños negocios de nuestros barrios, y la mejor forma de hacerlo es aquella en la que además de ayudarlos económicamente no los ponemos en peligro. Ayudas más al restaurante de la esquina si les compras unas tapas para cenar en casa, que si te sientas una hora a tomarte una cerveza cuando les dejen abrir las terrazas.

Y puedes ayudar de muchas formas a tu peluquería de toda la vida sin tener que arriesgarte y obligar a los empleados a arriesgarse por ti: puedes aprovechar para comprarles productos profesionales para lavar y cuidar tu cabello en casa —en lugar de comprar ese champú barato del supermercado—, o comprarles a ellos el tinte y retocarte tú misma, ¡seguro que están encantados de asesorarte!

Si de verdad necesitas un corte de pelo, que sean retoques sencillos y rápidos de hacer, como sanear las puntas. Muchos profesionales son capaces de hacer este tipo de trabajos incluso con el pelo seco, con lo que te ahorrarías el tiempo y el riesgo de tener que pasar por el lavacabezas y por el secador. Porque, ¿a qué lumbreras se le ocurrió que la combinación de “espacio cerrado lleno de gente + virus que se transmite por aerosoles + secadores a todo trapo” era una buena idea?

Las mascarillas a las que tenemos acceso la mayoría de la población ayudan pero no hacen milagros, y si tosemos o estornudamos parte de estos aerosoles las atraviesan y se quedan flotando cerca de nuestro rostro, así que añadir un secador a la ecuación es como comprar todas las papeletas para la rifa del coronavirus.

Si de verdad, de verdad, es imprescindible que vayas a la peluquería —¿lo es?— piensa que cuanto menos tiempo pases sentada en la silla, mayor favor les harás. Todos correréis menos riesgos y ellos tendrán más tiempo para desinfectar y atender a otros clientes. Es en estos tiempos tan inciertos cuando nuestra sociedad necesita de forma desesperada una buena dosis de empatía.

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EDITO para añadir la gracia que me hace (ninguna) el ya clásico comentario de solo me quité la mascarilla para la foto que se ha convertido en una constante entre la mayoría de quienes han sentido la imperiosa e ineludible necesidad de ir a la peluquería a hacerse un cambio de look en medio de una pandemia. Porque, como todo el mundo sabe, el COVID-19 se pone en pausa cuando se trata de dejarnos actualizar nuestra cuenta de Instagram. Pero luego bien que nos gusta a todos aplaudir a las ocho.

Distancia social Covid19

La “nueva normalidad”

La nueva normalidad se ha convertido estos días en el mantra favorito de muchos políticos, periodistas y tertulianos. Todos creen tener entre sus hipótesis y elucubraciones la receta perfecta para la desescalada, ese otro término tan omnipresente como resbaladizo del que depende la salud mental y la economía de muchos.

La mayoría de los ciudadanos de a pie hemos pasado de la incredulidad que nos provocaba el hecho de sentirnos protagonistas de una película de tintes apocalípticos y bajo presupuesto, a la aceptación resignada de esta realidad pesadillesca que nos ha mandado de una patada en el trasero varios escalones abajo en nuestra pirámide de Maslow.

Pirámide de Maslow Covid19

Y no podemos evitar dejarnos caer en el ejercicio de imaginar cómo será nuestra vuelta a la rutina, a esa nueva normalidad que parecería estar sacada de algún improbable universo paralelo y que promete regalarnos escenas tan surrealistas como playas divididas en cubículos de metacrilato.

Este nuevo coronavirus ha llegado para quedarse, y durante los meses que tarde en llegar la vacuna nos va a tocar doblegarnos a esta situación en la que no nos queda otra que renunciar por nuestra seguridad a ciertos derechos y libertades.

Hasta hace poco me preguntaba si acaso ya no podremos volver a ir al supermercado sin tener que esperar una cola solo para entrar, o sin la inquietud de encontrarnos vacíos —otra vez— los estantes de ciertos productos básicos. Me preguntaba cuánto tiempo tendría que pasar hasta que volviéramos a sentirnos seguros compartiendo la oscuridad de una sala de cine con varias decenas de extraños, o si después de todo esto los viajes internacionales seguirán siendo tan mainstream como lo eran hasta hace unos meses.

Calles desiertas pandemia coronavirus

Pero lo que ahora alimenta los engranajes de mi curiosidad es el divagar sobre las secuelas psicológicas que este 2020 va a regalarnos, incluso aunque no hayamos pasado por el trance de perder a seres queridos. En uno de los episodios de la tercera temporada de GLOW (Netflix) uno de los personajes confesaba entre lágrimas que su padre, judío superviviente del holocausto, jamás había podido vivir en una casa que no contara con sótano o desván, por si acaso tenía que volver a ocultarse.

Bill Gates arrancaba su popular charla TED de 2015 sobre pandemias mostrando el bidón con agua y alimentos que muchos hogares americanos atesoraban después de la Segunda Guerra Mundial para sobrevivir en caso de un ataque nuclear. Cada generación tiene sus propios traumas y puede que los nuestros sean el de tener siempre mascarillas colgadas en el perchero de la entrada o el de no salir de casa sin un bote de gel desinfectante que usaremos de forma compulsiva.

Mascarillas y gel desinfectante coronavirus Covid19

La gran diferencia entre unos confinamientos y otros la han marcado el hecho de estar encerrados con las personas adecuadas y en lugares más o menos cómodos, así que supongo que es normal hasta cierto punto que a partir de ahora la gente se pregunte ¿es este el tipo de persona con la que me gustaría pasar una cuarentena? cada vez que empiecen a salir con una potencial pareja. O ¿me importaría que me confinasen aquí? cada vez que vayan a alquilar un piso nuevo o a comprar una casa.

Yo no puedo quejarme en ninguno de esos dos aspectos: tengo buena compañía para esta etapa tan incierta de nuestras vidas y un piso que, sin ser muy grande, es bastante cómodo. Y aunque siempre he sido más de apartamentos que de casas ahora no puedo evitar fantasear con un jardincito pequeño en el que tener un huerto y algunas gallinas. Yo, que soy más de ciudad que una parada de metro.

Decálogo para trabajar en remoto

Mi decálogo para ayudarte a trabajar desde casa durante la cuarentena

Después de ocho años como nómada digital creo que tengo algo de experiencia en lo de trabajar lejos de la oficina. Al principio cumplía a pies juntillas el cliché de pasarme los días escribiendo desde cafeterías monas y muy instragrameables mientras tomaba cantidades ingentes de chai lattes, supongo que porque el hecho de estar rodeada de extraños enfrascados en sus propias conversaciones sustituía en parte al aspecto social que me estaba perdiendo por trabajar en remoto.

También tiene algo que ver el que en mis anteriores apartamentos no fuera capaz de encontrar el lugar idóneo para trabajar de forma cómoda —sobre todo en el anterior al actual, en el que la única habitación que podía destinar a ello era tan diminuta que resultaba incluso claustrofóbica, con todo el lío de focos, fondos, trípodes y demás parafernalia que suelo tener siempre de por medio para grabar—. Por eso a la hora de escribir o editar casi siempre prefería buscar alguna cafetería con WiFi cerca de casa.

Las cosas han cambiado en ese sentido desde mi última mudanza, así que hoy quiero contarte cuáles han sido esos pequeños trucos, ideas o gestos que me han ido facilitando cada vez más la tarea de trabajar desde casa.

Teletrabajo durante la cuarentena

1. Prepara un rincón exclusivo para ello que te haga ponerte en modo trabajo. Ya sé que no siempre es fácil, sobre todo si te toca compartir vivienda con compañeros de piso u otros miembros de tu familia. No hace falta que tengas tu propio despacho —aunque de ser así, mejor que mejor—, sino que se trata de encontrar un hueco en el que puedas concentrarte. Puedes hacerte con una mesa plegable y montarla en una esquina del salón o de tu dormitorio, idealmente cerca de alguna ventana para disfrutar de los beneficios de la luz natural. Evita trabajar desde la cama o el sofá, por muy tentador que parezca. Por higiene mental es mejor que tu cabeza sepa diferenciar perfectamente cuándo toca trabajar de cuándo toca relajarse viendo Netflix.

2. Intenta marcarte un horario y respetarlo. Si en tu empresa ya te lo marcan entonces no tienes que preocuparte de este aspecto. Pero si eres freelance como yo vas a necesitar un poco de autodisciplina. A mí me gusta mucho trabajar por la noche porque me va la cabeza mucho más rápido y además toda mi comunicación relacionada con temas laborales suelo hacerla por email, así que no tengo por qué estar disponible en horario comercial. Esto me permite despertarme tarde y sin necesidad de despertador —sobre las 10:00h—, dedicar el resto de la mañana a ir al gimnasio (obviamente me refiero a antes de que empezara la cuarentena) y hacer las tareas domésticas, y ya ponerme a trabajar cuando termino de comer. Después hago una pausa para cenar con mi pareja y ver alguna serie, y vuelvo a trabajar, normalmente hasta las dos o las tres de la madrugada. Mi vida puede parecer un poco caótica vista desde fuera, pero la verdad es que tengo una rutina bastante marcada y eso me ayuda mucho para organizarme.

3. No trabajes en pijama. Reconozco que yo misma me he saltado esta regla alguna que otra vez, y es que resulta muy tentador eso de no tener que vestirse, sobre todo si ese día no nos toca hacer ninguna videollamada. No digo que tengamos que vestirnos como si fuésemos a ir de verdad a la oficina. Pero arreglarse un poco también nos ayuda a ponernos en ese estado mental adecuado para rendir más. A mí antes no me costaba tanto porque al fin y al cabo solía salir de casa por las mañanas, a veces para hacer la compra y a veces para comer en algún restaurante. Pero desde que empezó la cuarentena he tenido que renegociar este aspecto conmigo misma, y ahora lo que hago es que tengo pijamas de dormir y pijamas de día. Los pijamas de día suelen estar compuestos por pantalones de chándal y jerséis calentitos y esponjosos, cómodos como cualquier pijama, pero con cierta dignidad por si me toca hacer alguna videollamada improvisada.

4. Maquillaje, ¿sí o no? No hay consenso en este aspecto. Me consta que hay quienes se pintan los labios incluso aunque luego tengan que ponerse una mascarilla para ir a hacer la compra, y otros a quienes la pandemia les ha servido como excusa para relajarse un poco en ese sentido. Cada cual tiene que encontrar el tipo de rutina que mejor le haga sentir. En mi caso me he quedado en un punto intermedio: solo me maquillo si me toca grabar algún vídeo; el resto del tiempo únicamente me pongo crema hidratante, corrector de ojeras y un poco de colorete, por aquello de verme al menos buena cara.

5. No comas delante del ordenador. Del mismo modo que te desaconsejo que trabajes desde la cama, ahora te pido que, cuando hagas el descanso para comer —sea de quince minutos o dos horas— desconectes mental y físicamente del trabajo por completo. De otro modo la jornada de trabajo en remoto puede terminar siendo de diez o más horas antes de que te des cuenta, y empezarás a acumular cansancio que afectará a tu rendimiento laboral a medio y largo plazo.

6. Desactiva las notificaciones del móvil y silencia todos esos grupos de WhatsApp a los que no paran de llegar memes sobre el coronavirus o la metedura de pata del político de turno. También puedes configurar el modo no molestar de tu móvil —todos lo tienen— para que solo te notifique las llamadas y mensajes de ciertos números de teléfono.

7. Si te ha tocado hacer la cuarentena con niños en casa o si tienes vecinos muy molestos, invierte en unos auriculares con cancelación de ruido y evitarás muchísimos dolores de cabeza además de mejorar considerablemente tu concentración. También podrás reutilizarlos en aviones y trenes cuando por fin nos levanten el confinamiento y nos permitan viajar de nuevo.

8. No caigas en la tentación de pretender hacer las tareas domésticas al mismo tiempo que trabajas. Las tareas domésticas son ya un trabajo de por sí, y aunque de vez en cuando puedas poner una lavadora mientras respondes emails, lo único que conseguirás es mermar tu capacidad de concentración y terminarás necesitando más horas para hacer tu trabajo. Mejor organizarse y asignar tiempos determinados para cada cosa.

9. Mantén tu rincón de trabajo tan ordenado como puedas. Hasta hace no mucho yo me amparaba en eso que dicen de que las personas desordenadas son más creativas para justificar lo que en el fondo era solo pereza. Pero desde que intento llevar una vida un poco más minimalista, como tengo menos trastos en general, me resulta más fácil mantener el desorden a raya. Y eso se traduce en que no tengo que malgastar energías buscando un cuaderno o un determinado documento en una pila de folios encima de mi mesa, y puedo centrarme en terminar mi trabajo cuando antes.

10. Por último, si echas de menos el lado social de ir todos los días a la oficina aprovecha la tecnología para hacer videollamadas con tus compañeros de vez en cuando, o sincronízate con tu mejor amigo para hacer juntos una pausa a media mañana y tomaros juntos el café mientras charláis por Skype. De esta forma el aislamiento se te hará mucho más llevadero.

Espero que puedas aprovechar alguno de estos consejos, y si tienes algún truco de esos que facilitan la vida relacionado con trabajar desde casa, me encantaría que me lo contases en un comentario. 🙂

No pasa nada por no querer hacer nada

No pasa nada por no querer hacer nada

Casi un mes sin pasar por aquí, pero no porque no lo haya intentado. Cada vez que abría el editor de WordPress me quedaba bloqueada, sin saber muy bien sobre qué era apropiado o no escribir en esta situación. Por un lado las temáticas que suelo tratar de forma habitual en el blog me parecían frívolas y absolutamente fuera de lugar, pero por otro entiendo que bastante bombardeo tenemos en los medios con la pandemia como para ponerme yo aquí a hablar de nada relacionado con el tema. Y tampoco es que yo tuviese demasiado que aportar al respecto.

Los primeros días no estaba tan desanimada: después de tantos años trabajando desde casa, pensé que quizá podría publicar algunos consejos para quienes se habían visto de repente obligados a convertir el salón en su oficina. A decir verdad mi rutina diaria no se diferencia demasiado de esta cuarentena, especialmente durante los meses de invierno, ya que gracias al clima británico puedo pasarme perfectamente semanas enteras sin salir de casa más que para sacar la basura.

Y por otro lado no me avergüenza admitir que incluso me entusiasmé con la idea de usar el tiempo que me iba a quedar tras cancelar mi escasa vida social para terminar libros y cursos que tenía pendientes. Mi intención no era otra que la de intentar ver el lado positivo de la situación y aprovechar al máximo los recursos a mi alcance.

Y sin embargo empezaron a pasar los días sin que yo consiguiese reunir las energías suficientes como para arrancarle algo coherente al teclado, o como para ponerme al día con todas esas lecturas y cursos atrasados. La apatía hacía que me pasara el día en pijama, tomando chocolate caliente y alternando partidas de Hearthstone con horas de scroll infinito en mi timeline de Twitter. Dejé incluso de entrar a Instagram porque me deprimía compararme con esa gente que en cuarenta y ocho horas de cuarentena ya había ordenado todos los armarios de su casa, había aprendido tres recetas nuevas en YouTube y además había tenido tiempo de hacer una rutina de yoga diferente cada día.

Mi falta de productividad me hacía sentirme culpable, y esa culpabilidad crecía de forma exponencial cuanto más reflexionaba sobre el hecho de que no tenía motivos reales para estar tan desanimada. Mi familia y mis amigos tienen buena salud, me encanta estar en casa y, aunque mi piso no es excesivamente grande, sí que es muy cómodo. No tenía ni tengo motivos para quejarme ni sentirme desafortunada, y como ya os imaginaréis, ser consciente de ello alimentaba aún más mi sentimiento de culpa.

Tras varios días de darle muchas vueltas a todo y de navegar sin rumbo fijo por redes sociales, acabé dando con algunos artículos interesantes sobre el duelo y el luto, y descubrí que podemos pasar por estos procesos emocionales incluso aunque no haya fallecido ninguno de nuestros seres queridos.

En esta situación por ejemplo es posible estar de duelo por haber perdido parte de nuestra libertad, o porque sentimos que nos han arrebatado la que esperábamos que fuese nuestra vida durante estos meses, o nuestros planes y viajes. Asumíamos que nuestra rutina iba a transcurrir de una manera más o menos previsible y de golpe y porrazo nos hemos quedado sin muchísimas cosas que dábamos por sentado.

A la mayoría de las personas se nos da regular lo de lidiar con la incertidumbre, y ahora tenemos que enfrentarnos al hecho de que no tenemos ni idea de cuánto va a durar nuestra situación, ni de cómo acabará. La pandemia nos ha robado esa falsa sensación de seguridad que impulsaba nuestro día a día. Ahora nos damos cuenta de que estamos más desprotegidos de lo que pensábamos, de que no somos tan invencibles ni tan independientes. De que necesitamos del esfuerzo y la colaboración de otros seres humanos para algo tan básico como tener un plato de comida caliente o las medicinas más imprescindibles. El COVID-19 ha sido una verdadera bofetada para ese individualismo egoísta que había ido aflorando durante la última década. Tenemos que ayudarnos unos a otros, todos podemos poner nuestro granito de arena para resolver cuanto antes este problema que nos atañe, aunque solo sea cumpliendo con la parte que nos toca de quedarnos en casa y no poner en peligro a otros.

Yo también puedo ayudar, de hecho ya lo estoy haciendo. Y de repente el confinamiento no pesa tanto si se tiene bien a la vista el por qué, el propósito. Puede que nuestra aportación no sea tan heroica como la de los sanitarios que se la juegan en los hospitales atendiendo a enfermos sin las protecciones adecuadas. Pero estamos salvando a gente. Tú y yo. Por cada día que nos quedamos en casa hay miles de personas que no se contagian y otras tantas que se libran de acabar en la UCI.

Me siento un poco mejor al ser consciente de ello, aunque eso no borra del todo mi duelo por esa vida que sabemos que no volverá a ser la misma ni siquiera cuando todo esto acabe. Así que decido perdonarme. Decido dejarme pasar los días acurrucada bebiendo chocolate caliente y viendo series. No pasa nada por no querer hacer nada, es perfectamente normal dadas las circunstancias.

Y es justo después de perdonarme a mí misma cuando empiezo a despertar del letargo, y cuando empiezan poco a poco a volverme las ganas. Un día me levanto y hago un poco de ejercicio. Otro día hago limpieza, ordeno mi armario. Vuelvo a leer, empiezo a fantasear con futuros planes para cuando pase la tormenta, sea este verano o el próximo otoño. Abro WordPress y escribo.

Claire Wineland

Claire Wineland

Estaba yo este fin de semana vagabundeando un rato por YouTube cuando me apareció entre los vídeos recomendados un documental de YouTube Originals que no llevaba más título que Claire.

La protagonista era Claire Wineland, una video blogger norteamericana de 21 años diagnosticada desde su nacimiento con fibrosis quística que había ido ganándole a golpe de buen humor el pulso a la reducida esperanza de vida que le habían dado los médicos desde que era solo un bebé.

Desde el primer minuto del documental me quedé embelesada con su desparpajo y su carisma, así que pausé el vídeo y busqué su canal de YouTube.

Me alegró encontrar tantísimos vídeos suyos, como cuando uno descubre de repente una serie que le encanta y se entera a continuación de que tiene por delante varias temporadas para poder disfrutarla. Y aunque normalizar y visibilizar el día a día de los que padecen fibrosis quística fue desde el principio uno de los motores de Claire, al mismo tiempo ella se resistía a que la enfermedad la definiera, y sus vídeos son en su gran mayoría muy desenfadados y divertidos.

Claire Wineland labor bear

Terminé de ver el documental, fascinada por haber descubierto a esta youtuber tan peculiar y que hablaba con una madurez injustificada para su edad, solo para encontrarme con un jarro de agua fría al enterarme de que Claire murió en septiembre del año pasado.

Ella, que siempre había sido reticente a someterse a un transplante de pulmón, cambió de idea tras un declive drástico de su salud, y se sometió al proceso de evaluación para poder entrar en la lista de espera. La madrugada del 26 de agosto de 2018 la llamaron para decirle que había un donante y que todo estaba listo, y aunque la cirugía fue un éxito, un coágulo le provocó un derrame cerebral que terminó con su vida antes de que pudiera llegar a disfrutar de la tregua que le hubieran dado sus pulmones nuevos.

Durante estos últimos días he estado viendo muchos de sus vídeos, la mayoría de ellos vlogs sin apenas edición donde ella reflexiona sobre diversos asuntos, relacionados o no con su enfermedad. Y es tal su franqueza y su autenticidad que parece inevitable no acabar teniendo la sensación de que es una vieja amiga íntima. Y quizá por eso resulte tan raro y doloroso ser consciente del hecho de que nunca voy a poder mandarle un email para darle ánimos, ni me leerá si le dejo un comentario para contarle cuánto me han inspirado algunos de sus vídeos.

¿Es normal sentir tanta tristeza por la muerte de alguien cuya existencia se desconocía por completo hasta apenas una hora antes de descubrir su fallecimiento?

Me siento un poco en deuda con ella por haberme asomado estos días a su vida a través de esa gran ventana que es YouTube y haberme contagiado de esas ganas suyas de vivir una vida de la que podamos sentirnos orgullosos, así que la única forma en la que puedo devolverle de algún modo el favor es hablando aquí de ella por si alguno de vosotros aún no la conoce, y animándoos a ver al menos su documental, que os dejo a continuación.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

He cumplido mi sueño de casarme en el Mediterráneo

Llevo unas semanas completamente desaparecida por aquí, pero tengo la mejor de las excusas posibles: acabo de celebrar mi boda navegando por el mar Mediterráneo.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

Cuando Edu y yo decidimos dar el paso de casarnos, hace ya un año y medio, se nos planteó un dilema de difícil solución: no podíamos organizar una boda convencional en España desde Torquay, pero tampoco queríamos poner a nuestra familia en la tesitura de tener que viajar a Inglaterra solo para poder asistir a la ceremonia. Esto, sumado a que la gastronomía no es el punto fuerte de Gran Bretaña —algo que aprendimos después de pedir información sobre los menús para este tipo de celebraciones en un par de hoteles de la zona—, hizo que se nos ocurriera una idea un poco loca.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

Puesto que en cualquier caso nuestros seres queridos tendrían que viajar para venir a nuestra boda, pensamos que de perdidos al río (o mejor dicho al mar) y les propusimos embarcarnos juntos en un crucero por el Mediterráneo para celebrar allí la ceremonia. Y aunque pensábamos que nos iban a llamar de locos para arriba, lo cierto es que nuestras familias son muy de liarse la manta a la cabeza —sobre todo habiendo fiesta de por medio—, así que ahí estábamos todos el día 24 de mayo embarcando en Barcelona en el MSC Bellissima dispuestos a hacer de este un viaje absolutamente inolvidable.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

Antes de nada quiero hacer un inciso para darle las gracias a Ismael Hospital, de MSC Cruceros, por su más que infinita paciencia durante el año y medio de millones de emails y llamadas que transcurrió desde que se nos ocurrió la feliz idea de casarnos a lo Vacaciones en el mar y hasta que hemos podido ver nuestro sueño hecho realidad. ¡Un trillón de gracias, Ismael!

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

Como os decía el barco elegido fue el Bellissima, que salía desde Barcelona y hacía escalas en Marsella, Génova, Nápoles, Messina y La Valeta, para después regresar de nuevo a Barcelona.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

La boda la celebramos durante la escala en Messina. La ofició Giuseppe Cafiero, uno de los oficiales del Bellissima, y se encargó de organizarlo todo Francesca Maglione, manager de eventos del crucero.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

El plan original era celebrarla en uno de los salones del barco, pero como el tiempo nos acompañaba preferimos celebrarla al aire libre en la cubierta de la piscina situada en la popa, para poder disfrutar de las impresionantes vistas.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

Aunque había varias firmas españolas que me gustaban mucho, al final tuve que optar por ser pragmática y comprarme el vestido de novia en Inglaterra, y me decidí por este vestido de Heidi Hudson para WED2BE que tenía todo lo que andaba buscando: era cómodo, sencillo, con un escote bonito y el estilo relajado perfecto para una boda en el mar.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

Estaba casi segura de que iba a recogerme el pelo, pero en el último momento cambié de opinión y me decanté por llevarlo suelto con ondas deshechas porque quería una imagen lo más natural posible.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

Mi ramo y los prendidos del novio y del padrino fueron regalo de mi Amiga Azu. Los hizo Jesús Romec, que es un verdadero artista con las flores preservadas (¡no os perdáis su Instagram!). Cuando descubrí que también hacía tocados de porcelana le pedí que se encargara de hacerme el que veis en las fotos, y le pedí también dos tocados a juego con mi ramo para mis hermanas, que ejercían de damas de honor.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

Debo decir que Jesús ha trabajado con todas las condiciones adversas posibles: a contratiempo (le encargué todo tan solo un mes antes de la boda) y sin podernos ver en persona ni una sola vez (él está en Córdoba y yo en Inglaterra; una de mis hermanas, que vive allí, fue la encargada de ir a recogerlo todo antes de viajar a Barcelona, aunque Jesús envía sus creaciones a cualquier sitio). Yo le expliqué lo que quería y no me quedó más remedio que confiar en la buena recomendación de Azu, que me aseguraba que todas las novias e invitadas que habían lucido alguno de sus tocados estaban encantadas con el resultado.

Tocado de novia de Jesús Romec

Cuando llegó el momento de probármelo por primera vez, nada más llegar a Barcelona e incluso antes de embarcar, cualquier atisbo de duda que hubiera podido tener desapareció en el preciso instante en que abrí la cajita en la que venía cuidadosamente protegido mi flamante tocado de porcelana personalizado: una preciosísima corona de laurel plateada. Muchas gracias, Jesús, por tu dedicación y tu trabajo. Mi maravilloso ramo de flores preservadas adorna ahora mi habitación, y sigo tan enamorada de mi tocado que estoy tentada de volver a ponérmelo aunque sea solo para estar por casa.

Como quería que el look fuera sencillo preferí llevar joyas discretas y le dejé todo el protagonismo a mi preciosa pulsera de estilo Art Decó, regalo de mi amiga María López-Linares —que tiene una colección increíble de joyas vintage en su tienda online—.

El pack de bodas que contratamos incluía entre otras cosas un desayuno especial en el camarote el día después de la ceremonia, y casi nos da un ataque de risa nerviosa al ver la cantidad de platos que el chico del servicio de habitaciones estaba dejándonos encima de la cama…

Desayuno de recién casados en el MSC Bellissima

Soy consciente de la suerte que tengo por haber podido celebrar una boda tan especial y por haber disfrutado de este viaje inolvidable rodeada de mi familia. A ellos quiero darles un millón de gracias por haberse dejado liar en esta aventura.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

Y por supuesto millones de gracias a mi otra mitad, Edu, el mejor compañero de vida que podría imaginar, por apoyarme en todo y hacer todo lo posible para que tuviera la boda perfecta de mis sueños.

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

¡Gracias también a mis compañeros de Cosmopolitan TV por este maravilloso artículo que han publicado sobre mi boda!

Boda Carmen y Edu MSC Bellissima

Llevo fatal mis propósitos para el 2019

Llevo fatal mis propósitos para el 2019

Queda poco para dejar atrás la primera mitad del 2019, y es más o menos en esta época del año cuando hago la primera reflexión respecto a los objetivos que me marqué allá por enero. En esta ocasión me lo voy a tomar con todo el humor que pueda porque mi trayectoria está siendo bastante desalentadora prácticamente en todos los propósitos que esperaba ser capaz de cumplir.

Y he pensado que quizá sea buena idea compartir aquí mi falta de voluntad para ver si así me doy un poco de vergüenza y me pongo las pilas para enderezar la cosa de aquí a que termine el año.

Mi primer propósito era ser más constante con la escritura, tanto aquí en el blog como en la novela en la que empecé a trabajar cuando me mudé a Torquay. Respecto al blog no puedo ni siquiera intentar disimular, porque a la vista está que no estoy publicando tanto como me gustaría últimamente. Y con la novela llevo una temporada un poco atascada con uno de los puntos de la trama y este atasco hace que me plantee la posibilidad de borrar algunas cosas que llevaba escritas para volver a reescribirlas con un enfoque diferente. Pero claro, ya os imaginaréis la pereza que me da.

Llevo fatal mis propósitos para el 2019

Debo decir, en mi defensa, que la boda —voy a celebrar mi boda en un crucero dentro de dos semanas— me ha quitado al final más tiempo del que había previsto en un principio. No encontré ningún vestido que me gustara en la ciudad en la que vivo y me ha tocado estar viajando a otro sitio para las pruebas y demás parafernalia. Mi idea original era la de celebrar una boda sencilla que no me diera demasiados quebraderos de cabeza, pero —oh, sorpresa— parece que eso no existe. Mucho me temo que boda y sencilla son términos por naturaleza contradictorios.

Respecto a los propósitos de hablar a menudo con mi familia y mis amigas, y el de mejorar mi inglés, no voy del todo mal. Aunque lo de revisitar la gramática inglesa sigue siendo una de esas cosas que no me canso de posponer con cualquier excusa absurda. Igual después de la boda consigo ponerme con ello.

Me había propuesto leer al menos veinticuatro libros este año, así que a estas alturas debería llevar ya ocho leídos. Pero la realidad es que solo he terminado tres y que tengo otros dos a medias. La culpa la tiene —además de la boda, claro está— David Mitchell. Su libro El atlas de las nubes es uno de mis libros favoritísimos, así que después de leer el año pasado otras dos novelas suyas, este año estaba emocionada por leer Escritos fantasma, porque había oído por ahí que tiene ciertas similitudes con El atlas de las nubes. Pero Escritos fantasma se me ha atragantado ya que las tramas son muchas y muy confusas, y la relación entre ellas está un poco cogida con alfileres. Llevo ya más de la mitad leída, pero me cuesta mucho ponerme y estoy en ese punto en que me planteo abandonar el libro. He probado a dejarlo aparcado y leer otros más cortitos a modo de descanso, pero debo de tener algún tipo de trastorno porque me pone muy nerviosa eso de tener dos libros empezados al mismo tiempo. A ver si decido pronto qué hacer con este libro y a ver si tengo suerte y me engancho con los próximos que empiece y consigo coger ritmo para acercarme al menos a la meta de veinticuatro libros leídos.

Este año pretendía completar mi proyecto de grabar al menos un segundo al día a modo de videodiario, pero me sigue pasando lo mismo de siempre y me olvido por completo de mi móvil cuando estoy haciendo cosas interesantes. No tengo remedio.

Dejar de comer carne es mejor para la salud y para el medio ambiente

Lo de comer menos carne es lo único con lo que estoy teniendo un éxito razonable, ya que he conseguido reducir el consumo a una vez por semana, o incluso menos que eso en varias ocasiones. No ha sido fácil porque Edu, como buen argentino que es, no está dispuesto a renunciar a comer carne y eso quiere decir que la mayoría de los días me toca preparar dos menús diferentes, uno para él y otro para mí. Pero con un poco de organización es posible. Y de hecho debo añadir que las pocas veces que he comido carne ha sido porque ha sobrado algo de lo que había preparado para Edu y me parecía un desperdicio tirarlo.

Mi último propósito para este año era el de volver a patinar, pero el tiempo y las circunstancias no han estado muy de mi parte. O bien amanecía lloviendo los días que tenía libres y podía salir a hacerlo, o justo teníamos otros planes para cuando el buen tiempo acompañaba. Supongo que será más fácil durante los meses de verano. Y estoy especialmente motivada ahora que he descubierto que, no solo comparto afición con Agatha Christie, sino que además ella —que veraneaba por estos lares— también solía patinar en el mismo sitio en el que lo hago yo. Casualidades de la vida.

Agatha Christie patinando en el pier de Torquay

Espero que este post de la vergüenza me espolee lo suficiente como para hacer acopio de fuerza de voluntad y enderezar este asunto de mis propósitos para el 2019 antes de que sea demasiado tarde. ¿Y vosotros? ¿Cómo lo lleváis?

Azu y yo felices en Callao

Mis propósitos para el 2019

He llegado a la conclusión de que no escribo aquí cada año mis propósitos solo para no tener que enfrentarme a la triste realidad: por mucho que me esfuerce nunca consigo llevar a cabo todo lo que me propongo por estas fechas. Ya sé que es de lo más habitual y que nos pasa a la gran mayoría de los mortales, pero si no queda rastro escrito que lo demuestre la sensación de fracaso por no haber llevado a cabo las resoluciones de Año Nuevo es mucho más llevadera.

En cualquier caso esta vez he decidido correr el riesgo para ver si así me motivo más y dentro de doce meses puedo decir que al menos cumplí con la gran mayoría de mis propósitos.

Propósito nº 1: ser más constante con la escritura. Esto se aplica tanto a mi blog como a la novela en la que llevo trabajando de forma intermitente desde que me mudé a Inglaterra. Me gustaría volver a recuperar el ritmo de hace unos años de publicar cada semana al menos dos posts aquí además del que publico con los vídeos que hago para Cosmopolitan TV. Y me gustaría aún más tener terminado al fin el primer borrador de mi intento de novela.

Propósito nº 2: hablar más a menudo con Azu, Milena, mis hermanas y mi padre. Con Azu hablo prácticamente a diario por Telegram, y siempre que podemos tomamos el té juntas vía Skype. Pero a veces con mi familia se me pasan las semanas sin más comunicación que algunos mensajes aislados en WhatsApp. Así que me he propuesto mensajear menos y llamar más, si no puede ser siempre video llamada, al menos llamada convencional para ponernos al día y recordarles que les quiero, que pienso en ellos y que les echo mucho de menos.

Propósito nº 3: mejorar mi gramática inglesa y ampliar mi vocabulario. Una de las cosas buenas que ha traído este 2018 es que por fin hemos empezado a conocer a gente en Torquay, tanto españoles como lugareños, y he tenido muchas ocasiones para practicar el inglés. Estoy bastante satisfecha con el nivel que he conseguido, pero mi objetivo es llegar a ser 100% bilingüe y para ello necesito volver a dar buen repaso a toda la gramática y seguir ampliando mi vocabulario.

Propósito nº 4: leer al menos 24 novelas. Esto ya me lo había propuesto para el 2018. Y aunque empecé fuerte el año, después del verano aumentó mi vida social y tuve la mala suerte de que empecé a leer varias novelas que no me engancharon y que terminé dejando, por lo que la suma final de libros terminados ha sido solo de 12.

Propósito nº 5: completar mi proyecto 1 second everyday. Para quienes no la conozcáis, la aplicación móvil 1SE —disponible para iOS y Android— te permite ir guardando un segundo de vídeo al día a modo de diario para luego poder exportarlo todo en un único vídeo. También se pueden usar fotos en vez de vídeo si lo preferimos, y es una forma muy bonita y original de tener un recuerdo detallado de nuestro año. Yo empecé a hacerlo en febrero y aunque al principio era muy constante, después me pasó como con lo de leer novelas, que con tanta vida social me olvidaba de grabar. Y paradójicamente eran los días en los que salía y hacía cosas interesantes en los que casi nunca me acordaba de grabar el dichoso segundo para el diario. A pesar de eso, al exportar el vídeo el resultado ha sido muy chulo y esto me ha hecho arrepentirme de no haber sido capaz de grabar algo todos los días. A ver si este año lo consigo.

Propósito nº 6: comer menos carne. No como mucha carne, apenas un par de veces por semana y suele ser pollo, aunque a veces peco con alguna hamburguesa. Me gustaría reducir la carne de mi dieta o incluso eliminarla por completo porque sé que no es buena para mi salud y porque creo que la forma y las cantidades en que nuestra sociedad consume carne es completamente insostenible. No voy a hacerme vegetariana porque voy a seguir comiendo huevos y pescado. Pero una de las cosas buenas de vivir en Inglaterra es que aquí muchos restaurantes tienen un menú alternativo al habitual con platos veganos y vegetarianos. Así que, siempre que pueda optaré por estas alternativas.

Propósito nº 7: volver a patinar. Al poco de mudarme aquí me compré unos patines chulísimos y salía a patinar a menudo. Pero durante este año pasado el muelle de madera al que solía ir ha estado en obras, y el único sitio apto para patinar está en el pueblo de al lado y me daba mucha pereza tener que desplazarme hasta allí —aunque creo que he compensado de sobra la falta de patinaje con sesiones más frecuentes en el gimnasio—. Ahora que las obras ya han terminado ya no tengo esa excusa. Bueno, y tampoco es que necesite excusas porque patinar es una actividad que me encanta y con la que se me pasan las horas volando, que es justo lo que le pido yo a cualquier tipo de ejercicio para que me enganche.

Estos son mis propósitos para este 2019 que empieza, ya veremos dentro de doce meses qué tal se me ha dado lo de cumplirlos. ¿Vosotros ya tenéis vuestra lista? Si la habéis publicado en algún sitio y queréis dejarme el enlace en los comentarios estaré encantada de leeros.

Joana Ceddia en Youtube

¡Esta youtuber está loca pero es divertidísima!

Hace tiempo que estoy un poco desencantada con YouTube, como muchos de vosotros, y por eso a veces me dedico a saltar de vídeo en vídeo en busca de un poco de aire fresco. En uno de estos saltos acabé viendo a una youtuber a la que no sigo y que no me llamó especialmente la atención, pero a la que tengo que agradecerle el haberme descubierto a Joana Ceddia.

La youtuber cuyo vídeo estaba yo viendo en ese momento —cuyo nombre ni siquiera recuerdo, a pesar de que tenía varios millones de suscriptores— se quejaba de la falta de naturalidad que imperaba desde hace varios años en la plataforma de vídeos. Con toda la razón del mundo. Y ponía a Joana Ceddia como ejemplo de lo que era YouTube en sus orígenes y de lo que casi no queda rastro hoy en día: gente divertida que aporte frescura, que se grabe sin pretensiones y que encima entretenga.

Joana tiene 17 años, se graba con la cámara delantera de su iPhone, apenas lleva seis meses en el mundillo videoblogger y está como una regadera. Y aunque sus vídeos distan mucho —a propósito— de la estética cuidada y perfeccionista a la que parecen aspirar todas las youtubers, lo cierto es que ella atesora ya más de un millón y medio de fieles suscriptores deseosos de partirse de risa con sus nuevas locuras. Sigue leyendo “¡Esta youtuber está loca pero es divertidísima!”