He perdido la cuenta de todas las veces durante los últimos cuatro años que he abierto el editor de este blog para volverlo a cerrar casi inmediatamente. ¿Qué sentido tiene dedicar tiempo y energía a escribir palabras, precisamente ahora que la inteligencia artificial incorporada en los motores de búsqueda se alimenta sin escrúpulo de nuestros blogs sin ni siquiera tener la cortesía de enlazarnos?
Con razón los pocos que quedan escribiendo desde aquella época dorada de la blogosfera de veinte años atrás, hace mucho que se pasaron al terreno de las newsletters, probablemente buscando una alternativa algo más privada y protegida. Otros están en Substack, regalando algunos retales de su escritura públicamente, al mismo tiempo que esconden las piezas que consideran más interesantes o apetecibles detrás de un muro de pago para suscriptores.

Hace unos días alguien comentaba en un hilo sobre blogging en Threads que la única forma de rebeldía que los humanos que queríamos seguir blogueando podíamos permitirnos a estas alturas era la de escribir vivencias personales que de nada pudieran servirle ni a los motores de búsqueda, ni a las inteligencias artificiales que hacen listas con soluciones resumidas para usuarios con poco tiempo.
Porque lo único en lo que todavía les tenemos algo de ventaja es en esto de ser humanos, con vidas humanas, con nuestros miedos y nuestras imperfecciones. Y afortunadamente sigue habiendo ahí fuera otros humanos en busca de conexiones auténticas y genuinas, que suspiran hastiados y cierran Instagram cada vez que otro vídeo creado por IA para acaparar minutos de atención humana les aparece en el feed, en lugar de las fotos publicadas por sus amigos.
Así que aquí estoy yo, intentando rebelarme un poco contra lo que parece ya imposible de detener, colándome en tu bandeja de entrada y resucitando este blog abandonado precisamente en la peor semana en la que podría haberlo hecho, justo ahora que Google lo apuesta todo a su AI Mode.
Y como de lo que se trata es de escribir cosas que no le sirvan de mucho a estas herramientas, yo he querido volver para compartir contigo la última incorporación a mi lista de palabras “atesoradas”.
En esta lista, que voy escribiendo en un cuadernito que suelo llevar casi siempre encima, voy añadiendo palabras que descubro, a veces en español y a veces en otros idiomas, que tienen la particularidad de atrapar de forma poética un concepto, idea o sentimiento.
La última palabra en aterrizar en esta lista de mi colección ha sido weltschmerz, término alemán que se traduce de forma literal como “dolor del mundo” y que describe la frustración existencial que surge al percibir la gran brecha que existe entre la imperfección de la realidad y cómo nos gustaría que fuera el mundo.

En la novela en la que me la encontré (Mañana, y mañana, y mañana de Gabrielle Zevin) la definían como el tipo de nostalgia que siente uno al visitar su antigua escuela y ver que las mesas son mucho más pequeñas que en el recuerdo.

Y aunque esta segunda parece quizá una concesión literaria que se aleja un poco de la definición alemana original, ambas me vienen como anillo al dedo en este preciso momento: por la frustración existencial que me provoca la forma en la que las empresas de inteligencia artificial tratan a los artistas y creadores de contenido, y porque volver a este blog ha sido también como volver a la escuela y encontrarme un pupitre que recordaba un poco más grande.
Por fortuna, un pupitre pequeño es más que suficiente para apoyar el ordenador y empezar a teclear, aunque solo sea para escribir desesperados mensajes en una botella que se pierden en el océano de palabras que inunda internet.




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