Afortunadamente para mis hermanas y para mí, mis padres siempre fueron lo bastante benévolos como para no darle demasiada importancia a los españolismos navideños, y aunque el día de Reyes comíamos roscón y recibíamos algún que otro regalito, el encargado de repartir felicidad en forma de juguetes en mi casa siempre fue Papá Noel.
Quien quiera que fuese que planificó la distribución de las vacaciones navideñas lo hizo con toda la malicia y crueldad del mundo, o si no no entiendo en qué cabeza cabe la idea de tener a los niños en casa aburridos y dando guerra durante quince días, para luego darles los juguetes con los que llevan todo el año soñando tan solo cuarenta y ocho horas antes de tener que volver al colegio. Por no hablar del desgaste físico y psicológico de los padres… Según escribo esto me doy cuenta de que mis padres, más que benévolos, eran unos listillos que se las apañaron muy bien para tenernos muchas navidades entretenidas con juguetes nuevos.
A mí según pasan los años me fascina cada vez más el concepto de Papá Noel o Santa Claus. No por el hecho de que pueda repartir juguetes por todo el mundo, sino porque se trata de un señor gordo capaz de encogerse para deslizarse por una chimenea de la misma manera que a mí me gustaría encogerme para deslizarme dentro de mis vaqueros de la talla treinta y ocho cuando pase la sobredosis navideña de turrones y mantecados.
Pero sobre todo, porque ese señor barbudo y barrigón «tiene» un saco que sería el sueño de cualquier obsesa de los shopping bags y maxibolsos como yo, que por mucho que releeo el texto de Instantes de Borges no soy capaz de viajar ligera de equipaje y cada mañana salgo de casa prácticamente con la casa a cuestas. Menos mal que esta temporada en Zara tenemos mucho donde elegir…







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