Aunque la popularidad de Vero —que significa verdad en italiano— se ha disparado durante los últimos días, lo cierto es que esta nueva red social surgió hace ya tres años. Hasta ahora había pasado sin pena ni gloria, más que como red social en sí, como una aplicación muy de nicho en la que se podía encontrar a fotógrafos y artistas gráficos que se habían cansado del rollo millennial de Instagram y buscaban una alternativa un poco más adulta.
Pero ya sabemos cómo funcionan estas cosas: de repente alguien con cierto tirón menciona que está probando una nueva red, empieza a correr la voz, y nos encontramos con que los servidores de Vero no dan abasto ante tal aluvión de registros.
Para quien no esté familiarizado con la plataforma le resumiré lo que es de forma sencilla: imaginad lo mejor de Instagram y Facebook, pero sin anuncios, sin algoritmos que manipulen las publicaciones que nos aparecen, con un feed cronológico donde lo único que vemos son las publicaciones de la gente a la que hemos decidido seguir, en el orden en que han sido publicadas. Donde además de publicar enlaces y fotos, podemos compartir recomendaciones directas a libros, canciones y películas.
Donde tendremos un control absoluto sobre nuestra privacidad, pudiendo dividir a nuestro contactos entre conocidos, amigos o amigos íntimos, y eligiendo quién queremos que pueda ver cada una de nuestra publicaciones. A mí ya solo con esto me tenían ganada.
La duda razonable que surge es: si no van a poner publicidad ni a vender los datos personales de sus usuarios, ¿cómo van a conseguir que sea un proyecto rentable? Su propuesta es un modelo de suscripción anual en el que se pague una cuota simbólica —han dicho que será alrededor de lo que cuestan un par de cafés—.
Ya sé que habrá quien ponga enseguida el grito en el cielo. Nos hemos acostumbrado a que todo en internet sea gratis. Pero no lo es. Las redes sociales gratuitas, como Facebook e Instagram, también cobran su peaje: cuando no pagamos por un servicio no somos el cliente, somos el producto.
Así que yo estoy encantada de poder acceder a una red social como cliente, con los derechos y privilegios que ello conlleva.
Y quien no quiera pagar esa suscripción simbólica anual solo tiene que darse prisa: aunque en un principio desde la organización de Vero dijeron que el primer millón de usuarios tendría una cuenta gratuita de por vida, han querido mostrar su agradecimiento tras el recibimiento de estos días diciendo que, aunque ya se ha superado ese primer millón, las cuentas van a seguir siendo gratuitas durante algún tiempo más. Al menos hasta que se hagan públicos los planes de suscripciones durante las próximas semanas.
Otra de las cosas que me ha encantado de Vero es su tolerancia cero a los bots y a las cuentas falsas, y el hecho de que para abrir un perfil haga falta un número de teléfono. De esta forma se aseguran de que, al menos de momento, no empiecen a surgir empresas que vendan likes y seguidores como ocurre en Instagram. Algo que probablemente le causará pánico y terror a todos esos falsos influencers que viven de aparentar y que hacen crecer sus perfiles a golpe de PayPal. En Vero el que quiera popularidad va a tener que ganársela a pulso, ya no hay posibilidad de pasar por caja para coger el camino rápido. Y ya solo por esa vuelta a la esencia original de lo que fueron las redes sociales en sus inicios, merece la pena concederle el beneficio de la duda a esta nueva propuesta y darles unos días de margen para que la aplicación esté funcionando al 100%.
Yo me hice perfil allí hace unos días, podéis encontrarme por mi nombre, Carmen Velarde. Agregadme y estaré encantada de seguiros de vuelta.








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