Comprar zapatos debería contar con la clasificación de deporte olímpico: encontrar el par perfecto para un determinado look a veces nos obliga a patearnos todos los centros comerciales de nuestra ciudad, y la mayoría de los estiletos de tacón vertiginoso requieren de un entrenamiento en casa para que nuestros pies se adapten a ellos antes de ese día D en el que tenemos planeado estrenarlos oficialmente.
Se trata sin duda de un complemento que ejerce una fascinación poderosa e inexplicable, capaz de provocar que muchas mujeres se compren pares solo porque son bonitos, a sabiendas de que no los usarán realmente. Yo confieso que también he pasado por eso: antes de sumergirme en mi reciente etapa minimalista tenía entre otros unos zapatos maravillosos de ante en color amatista que no me ponía nunca porque me destrozaban los pies a base de rozaduras. Pero me resistí hasta el último segundo a deshacerme de ellos solo porque eran preciosos y me gustaba verlos ahí cada vez que abría el armario.
Pero desde que decidí cambiar el chip a raíz de mi mudanza a Inglaterra, mi objetivo es comprar menos pero mejor, para evitar acumular prendas y accesorios que no uso e invertir mi presupuesto en artículos de muy buena calidad que me encanten y a los que poder sacarles el máximo partido. Así que ahora intento mirar las tendencias con ojo un poco más crítico en vez de dejarme arrastrar por ellas como una fashionista poseída. Y supongo que será la edad, pero cada vez me veo más a menudo en la tesitura de encontrar más tendencias de las que pienso pasar de largo que de las que adoptaría con los ojos cerrados.
Y eso es justo lo que me está pasando esta temporada con dos de los supuestos must have que nos dictan las editoriales de moda como imprescindibles para el próximo verano: que me gustan tan poquito que, más que en comprar calzado veraniego, estoy pensando en —aprovechando que aquí en Torquay todavía nos queda lejos el calor— usar el presupuesto para comprarme unos botines Mustang online a los que les eché el ojo hace unos meses. Que además ahora las botas en general suelen estar incluso más baratas que las sandalias, así que es buen momento de hacernos con aquellas que creamos que querremos seguir llevando el otoño que viene.
Pero volviendo a lo que ya os adelantaba en el título, esta temporada hay dos tendencias que no paro de ver en muchas publicaciones de moda pero a las que tengo clarísimo que no pienso hacerles ni caso.
La primera es la que pregona el regreso de los zapatos blancos de punta afilada. Solo os diré que yo también tuve unos hace más de diez años y durante mucho tiempo sentí vergüenza de mí misma cada vez que me encontraba con alguna foto de aquella época en la que los llevaba y me parecían lo más de lo más.
Ahora no solo me parecen antiestéticos, sino que además los veo como el colmo de lo poco práctico: en cuanto te los pones dos veces los tienes llenos de machas y rozaduras negras por todas partes. Y si en el caso de las maravillosas y omnipresentes sneakers blancas un poco de suciedad no es ningún drama, en el caso de los zapatos blancos de salón me parece algo imperdonable.
Por no gustarme no me han gustado ni siquiera para las novias, y de hecho para mi boda estoy buscando cualquier otra opción en colores alternativos para no tener que llevar zapatos blancos ni siquiera ese día.
La segunda tendencia que voy a dejar pasar de largo es otra que Vogue y Zara han querido rescatar de los años 90: los zuecos. También tuve unos al inicio de mi adolescencia, pero ni toda la nostalgia del mundo sería suficiente como para que quisiera volver a usarlos.
En aquel momento me encantaban porque todas mis amigas los llevaban —así de borregos somos casi todos de adolescentes— y porque era lo más parecido a unos tacones que me dejaba mi madre ponerme.
Pero la realidad es que, además de feos, eran bastante incómodos y no había planta del pie que los resistiera. Así que tampoco me veréis con este must a los pies el próximo verano.
Y quienes pensábamos que no había nada peor que los zapatos blancos y los zuecos estábamos totalmente equivocados: los zuecos blancos se llevan sin discusión el premio al calzado que jamás debió pisar la calle, y que debería estar reservado al personal sanitario en horas de trabajo.
¿Qué os parecen estas dos tendencias veraniegas? ¿Habéis tenido zapatos blancos de punta afilada o zuecos? ¿Pensáis volver a ponéroslos este año? ¿Vosotros también sois de aprovechar las últimas semanas de inviernos para comprar botas y botines para el invierno que viene? ¡Contádmelo en los comentarios!












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