Cuando era pequeña mis padres compraron una especie de enciclopedia temática cuyos diez volúmenes estaban divididos según las principales asignaturas escolares. Había un volumen de matemáticas, otro de lengua, otro de ciencias. El último volumen hablaba sobre deportes olímpicos, y recuerdo que en la sección dedicada al tiro con arco había una foto en la que se veía de espaldas a una chica que tensaba la cuerda de su arco mientras apuntaba a una diana en la lejanía. Tenía una infinita trenza rubia que le caía hasta la cintura y lucía un ajustado atuendo blanco de tintes futuristas. Me enamoré de aquella foto. Aquella chica a la que solo podía ver de espaldas me parecía la encarnación de mi ideal de perfección femenina: bella y elegante pero fuerte e intrépida al mismo tiempo. Quería ser como ella.
Lo que pretendo con este flashback de mi infancia cargado de sentimentalismo es dejar claro que a mí el tiro con arco me fascinaba desde mucho antes de que hicieran su aparición en escena las sagas cinematográficas y televisivas de protagonistas femeninas certeras con la flecha. Yo ya fantaseaba con arcos mucho antes de la llegada de Katniss, de Mérida o de Ygritte.
Cada vez que mi chico y yo pasábamos por la sección de tiro con arco de algún Decathlon nos planteábamos la posibilidad de comprarnos un par de arcos y un puñado de flechas y buscar algún sitio donde entrenar. Menos mal que no lo hicimos.
Después de darle muchas vueltas llegamos a la conclusión de que probablemente lo mejor era apuntarnos a algún cursillo, así que buscamos en internet información sobre el club más cercano (Lograrco) y vimos que efectivamente ofertaban cursos de iniciación bastante asequibles. No hacía falta llevar nada, todo el material lo ponía la propia asociación. Una de las cosas que nos contó el monitor en la primera sesión es que mucha gente hace lo que estuvimos a punto de hacer nosotros y se compra todo el material antes de probar el deporte y de informarse debidamente. Los arcos que venden en grandes superficies no suelen ser de buena calidad, pero eso no es lo peor. Lo peor que te puede pasar es que te compres un arco para diestros porque eres diestro de toda la vida, y cuando llegues a tu primer entrenamiento descubras que tu ojo dominante es el izquierdo y que por lo tanto deberías haberte comprado un arco para zurdos o viceversa, algo que ocurre con bastante frecuencia.
También puede pasarte que te emociones y te gastes un dineral en comprar todo el equipo con sus accesorios (que ya veréis más adelante que no son pocos) y que una semana después descubras que el tiro con arco no es lo que tú te habías imaginado o no te gusta. O que creas que te gustan más un determinado tipo de arcos (hay muchos entre los que elegir: longbows, recurvos, tradicionales, compuestos) y después de probarlos te des cuenta de que prefieres otros.
Yo tuve mucha suerte porque en mi asociación son previsores y para evitar que pase esto te prestan un equipo completo, no solo para el curso de iniciación, sino también durante los primeros meses de entrenamiento. En mi caso por ejemplo estaba convencidísima de que quería hacerme con un arco recurvo olímpico desmontable, y después de varios meses, cuando me ha tocado por fin decidirme a comprar uno he acabado con un precioso Ragim Bobcat, un arco recurvo tradicional (sin elementos de puntería) monoblock. Nada que ver con lo que creía que quería al principio. Lo que quiero decir con esta parrafada de términos raros es que no os precipitéis si estáis pensando en probar este apasionante deporte. Porque eso sí, apasionante es. Y muy adictivo.
Empezar a practicar tiro con arco me ha descubierto tres cosas que no me esperaba. La primera, que es un deporte mucho más duro de lo que parece. En las películas de aventuras y fantasía a menudo vemos que a las chicas se les adjudica el rol de arqueras antes que el de guerreras. Eso genera la creencia de que no hace falta fuerza para tirar flechas. Te imaginas que la cuerda es una goma elástica que cederá sin problemas y nada más lejos de la realidad. Los arcos se clasifican según las libras de potencia que tienen; durante el curso entrené con un arco de iniciación de 18 libras y el arco que me prestaron en la asociación para los primeros meses era de 26 libras. Y aunque el salto a las 30 libras de mi Bobcat no fuera un cambio excesivamente radical, el primer día que entrené con él antes de llegar a tirar treinta flechas ya estaba completamente agotada y no era capaz de volver a abrirlo.
La segunda cosa que he descubierto es la gran cantidad de accesorios que hacen falta para hacer tiro con arco: brazalera, dactilera, carcaj, sacaflechas, montador de arco… ¡Además del look adecuado! 😀
El lugar donde entreno es bastante frío y como la ropa tiene que ser ajustada para evitar roces con la cuerda me gusta utilizar camisetas térmicas como la de Skins que llevo en este outfit tan particular que os muestro hoy. Suelo combinarlas con pantalones de travesía, y obviamente los taconazos los cambio por estas maravillosas Merrell que conseguí con un descuentazo en esta web (en la que además encontraréis todo lo necesario para entrenar si sois adictos a la moda del running).
Y la tercera cosa sorprendente que descubrí es que los arqueros, sobre todo los de estilo más tradicional, son unos verdaderos amantes del do it yourself a los que les gusta customizar sus mil accesorios de arquería hasta hacerlos únicos. ¡Algunos incluso se visten con atuendos medievales o se disfrazan de sus arqueros de ficción favoritos para acudir a encuentros o tiradas! Desde luego no puedo negar que es un mundillo de lo más divertido.
Mi siguiente objetivo es aprender a fabricar cuerdas para el arco y a montar mis propias flechas. Entonces sí que estaré verdaderamente preparada para sobrevivir al apocalipsis zombie.
Contadme: ¿algún aficionado al tiro con arco en la sala? 😀














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