Este año el asunto de la «operación bikini» me ha pillado desprevenida nivel esto no hay anticelulítico que lo arregle y creo que voy a necesitar una lipoescultura por lo menos para volver a ponerlo todo en su sitio. Pero de verdad, ¿eh? No es ninguna hipérbole de esas que buscan arrancar alguna carcajada.
No sé cómo he podido descuidarme tanto este invierno. Bueno, sí que lo sé: entre que nunca he sido yo muy de obsesionarme con el peso y que desde la mudanza llevo varios meses enclaustrada en casa escribiendo, lo raro sería seguir usando la misma talla de pantalones que el verano pasado. Y si a eso le sumamos que en Torquay hay más restaurantes de los que da tiempo de probar en un par de años, y que la mayoría sirven sus deliciosos menús a domicilio, ya tenemos el cóctel culpable de mi disgusto primaveral.
Yo soy muy fan de todas aquellas ayuditas de medicina y cirugía estética que no impliquen anestesia general (ese es mi límite personal), y siempre y cuando sea poniéndonos en manos de personal 100% profesional y acreditado. Y aunque el año pasado sí que me animé con la Criolipoplastia, esta primavera no me da el presupuesto para ayudas extras y me ha tocado ponerme manos a la obra con la «operación bikini» siguiendo estos 5 pasos un poco más convencionales.
1. ME HE COMPRADO UNA BÁSCULA
A los veintipocos estuve al borde de la anorexia por culpa de un trabajo en el que me vigilaban el peso con lupa. Desde entonces le cogí tanta manía a las básculas que me deshice de la mía en cuanto conseguí salir de aquella empresa. Es cierto que gané en paz mental porque dejé de obsesionarme con estar dentro de una cifra determinada. Pero también es verdad que es muy difícil darse cuenta en primera persona de cuándo esos dos kilillos que es normal coger en navidades se convierten peligrosamente en cinco o seis.
Así que me he reconciliado con eso de pesarme y me he comprado una báscula de bioimpedancia eléctrica. Funciona con una aplicación móvil en la que se van cargando por BlueTooth todos los datos cada vez que me peso, que me permite ir viendo la evolución de los distintos valores, como el porcentaje de grasa corporal.
Y lejos de convertirse en una obsesión, veo como algo divertido —casi como un juego— lo de ir comparando la evolución en el móvil, y me motiva bastante.
2. HAGO CENAS SANAS
Me falta fuerza de voluntad como para llevar una dieta hipocalórica estricta porque soy muy sibarita y disfruto mucho comiendo, y como sé que de vez en cuando hago concesiones intento compensarlo haciendo todos los días cenas muy sanas y ligeras a base de proteínas bajas en grasas y verduras.
3. ME HE RE-ENGANCHADO AL GIMNASIO
A pesar de que el gimnasio al que estoy apuntada desde el verano pasado tiene pantallas individuales para ver Netflix o YouTube mientras corres en la cinta o en la elíptica, aún no he encontrado ninguna serie capaz de distraerme lo suficiente mientras hago cardio como para olvidar el complejo de hámster corriendo en la rueda que me entra.
Así que he cambiado de estrategia y he empezado a ir a las clases colectivas para no aburrirme demasiado pronto y bajar el ritmo de tres visitas semanales al gimnasio que me he marcado. De momento he probado suerte con algo llamado Piloxing que mezcla Pilates, boxeo y ballet que me resulta bastante entretenido aunque agotador. En cuanto esté un poco mejor de forma física quiero empezar a ir también a Boxercise, que tiene pinta de ser aún más intensa.
4. ACEITE DE COCO
…en cantidades industriales. Mi objetivo es perder unos 8 kilos de aquí a final de verano, y como sé que estas bajadas de peso suelen pasar factura a la piel en forma de estrías, esta vez estoy siendo precavida y me he puesto el aceite de coco dentro de la ducha para que no se me olvide aplicármelo todos los días.
De esta forma si fracaso en lo de la pérdida de peso al menos tendré el consuelo de tener la piel súper suave.
5. ME OBLIGO A SALIR DE CASA
Este invierno se han juntado varias cosas: ha hecho un frío siberiano con varias inusuales nevadas intensas incluidas y el piso nuevo es tan acogedor, calentito y luminoso, que no me apetecía lo más mínimo moverme de aquí. Había días que me levantaba de la cama, me hacía un té y me pasaba las horas sentada en mi escritorio. Solo me levantaba para ir al salón a comer y para volver por la noche al dormitorio. Si es que lo que me extraña es no haber cogido el doble de kilos con este ritmo de vida.
Pero ahora que empieza el buen tiempo ya no tengo la excusa del frío, así que me obligo a salir todo lo que puedo. En vez de quedarme escribiendo en casa echo el iPad a la mochila y me voy a dar un paseo por el puerto o la playa y aprovecho para trabajar desde alguna de las cafeterías de la zona. Algo que me viene de maravilla no solo por salud física, sino también por salud mental.
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Sé que no hay milagros en esto de ponerse en forma, así que no me queda más remedio que ser constante con estos buenos hábitos que me he marcado y tener paciencia.
¿Cómo va vuestra operación bikini? ¿Algún consejo que queráis compartir conmigo para mantener la motivación?









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